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Una deuda histórica

08 de diciembre de 2008 - 10:00 p. m.

Buscando El Dorado, Hernán Pérez de Quesada descubrió el Putumayo en 1542. El peninsular, no obstante su malsana obsesión, no pudo haberse sustraído a la belleza de esa tierra que se insinuaba en una verde llanura que se perdía en el infinito surcada por los ríos que presurosos van al encuentro del padre Amazonas en su sed de mar, allá en el Gran Pará brasileño.

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El Putumayo ha sido tierra de contrastes. La imponencia de su paisaje se ha ensombrecido por una espiral constante de violencia y muerte. El Putumayo ha sido generoso con Colombia, pero el Estado ha sido cruel, terriblemente injusto con esta región. De sus entrañas, de su riqueza natural y humana, se ha favorecido todo el país a lo largo de la historia. Cuando la quina era uno de los únicos productos de exportación a finales del siglo XIX, por nuestras selvas avanzaba Rafael Uribe juntándola para que desde su vapor fuera a los mercados europeos.

Y cuando el caucho estuvo en el centro del desarrollo industrial del capitalismo en los años 30, los millones que ingresaron a la débil economía del país costaron el exterminio de miles de indígenas putumayenses y la devastación de nuestros ecosistemas ante la mirada indiferente, si no es que cómplice, de las autoridades y de las jerarquías eclesiásticas. En el siglo XX es el petróleo el que mueve las sociedades industrializadas. Desde octubre de 1963 los pozos petroleros putumayenses no han cesado de crear riqueza a la nación. En la década del 80, con el auge de la economía transnacional del narcotráfico, al Putumayo le correspondió pagar con la desarticulación de su agricultura de subsistencia, la ruptura de la familia y el sacrificio y descomposición de importantes sectores de su juventud. Hoy, desde Nueva York el deslumbrante colorido de la obra del putumayense Jacanamijoy refrenda ante el mundo el valor de la expresión cultural de Colombia.

Ante esta significativa contribución a nuestro país, ¿el Putumayo qué ha recibido? Todo presidente en época de elecciones sin excepción desde hace cincuenta años promete construir la variante que reemplace el trampolín de la muerte que une a Mocoa con Nariño. Sin embargo, allí está la trocha, testigo de la mentira, muro contra la integración, eco de las voces de los cientos que han perecido en sus precipicios. El Putumayo no tiene una universidad pública, un crimen contra la juventud. El Putumayo no tiene un tribunal que dirima los conflictos, dependiendo como en la colonia de lo que decidan en última instancia las autoridades judiciales de Pasto. El Putumayo carece de un hospital de tercer nivel. Cuando un enfermo se agrava, las ambulancias se enrumban a Pasto o a Neiva, muriendo muchas veces el paciente en el trayecto. Acertadamente pues, ¿cuándo la guerra ha sido el móvil del progreso de los pueblos?

Una vieja deuda tiene Colombia con el Putumayo. El Estado y la sociedad colombiana no pueden seguir indiferentes ante la realidad de este departamento. No es posible que aquí se continúe escribiendo la historia universal de la infamia del vidente Borges.

 Jaime Cárdenas Bolaños. Mocoa.

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