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Vuelo a ras de tierra

01 de agosto de 2008 - 06:24 p. m.

Los avicultores tienen problemas, como el encarecimiento de los insumos y la inminente caída en el consumo interno. Cada colombiano, en promedio, consume 23 kilos de pollo al año.

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Jorge Enrique Bedoya, actual presidente ejecutivo de la Federación Nacional de Avicultores (Fenavi), no da muchas vueltas a la hora de pedir platos en un restaurante.

Sin titubear, se va por el pollo (por lo menos cuando está en “misión oficial”). Así ocurrió el día de nuestro encuentro, en el restaurante Criterion, de Bogotá.

Bedoya considera que es un acto leal, pues a pesar de que la avicultura ha crecido de manera considerable en los últimos ocho años, varios hechos negativos –como el encarecimiento de los insumos y la inminente caída en el consumo interno– tienen hoy a su sector en serios aprietos.

Por eso, pedir pollo y huevo es una forma de garantizar la supervivencia de más de 4.300 plantas avícolas del país, regadas en 300 municipios, con una capacidad de generación de empleo de más de 250 mil puestos de trabajo.

Con una producción mensual de 45 millones de pollos y de 2,5 millones de gallinas ponedoras, hay que asegurarse de que el negocio se mantenga en pie, dice Bedoya.

“La meta es no retroceder”, insiste. En realidad, la actividad avícola ha experimentado un crecimiento sostenido desde los noventa, gracias a la industrialización del sector. Y como a mayor oferta, menor precio, el producto se ha “democratizado”. Hasta aquella época, el pollo era considerado un producto de élite. Hoy es, justamente, todo lo contrario. “De un consumo anual de siete kilogramos por habitante, hemos subido a 23 kilogramos, mientras que la carne se ha estancado en 26 kilogramos aproximadamente”. Y si bien es cierto que se trata de buenas noticias para los empresarios avícolas, el aumento en la base de la pirámide se ha convertido, también, en una soga al cuello para ellos.

Y la razón es que los productores no pueden trasladarle al consumidor final los aumentos de precio en las materias primas, porque se saldrían del mercado. Parte de la culpa la tiene el negocio del maíz a escala global, que ha aumentado los precios de manera importante. En pocas palabras, cada vez hay una mayor cantidad del grano destinada a la elaboración de etanol, y esto ha causado una ola especulativa sin antecedentes. Y como el pollo no es otra cosa que “maíz con patas”, el gremio está encerrado como en un corral. En dos años, la tonelada de maíz pasó de US$120 a US$380, y si no fuera por la revaluación, los productores estarían cacareando frente a los aumentos tan importantes.

El tema de mayor preocupación es que, al operar en un mercado de bajos ingresos, no puede trasladarle al consumidor el aumento de los costos. Sería un suicidio colectivo. Para sobrevivir, han tenido que reducir gastos a lo largo de toda la cadena y mirar con lupa la estructura de costos. A esto se suma la situación de la economía colombiana, que está incidiendo en una reducción del consumo interno. Bedoya calcula que el desplome será del 10% al finalizar el año, lo que, a su turno, bajará las metas de crecimiento del sector del 10 al 5% anual para 2008.

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Ante este panorama, los avicultores han comenzado a reacomodar sus nidos y, por primera vez en la historia, están mirando al mercado externo. En particular, tienen los ojos puestos en Venezuela, China, Rusia y el Medio Oriente, es decir, los mismos mercados donde operan los principales competidores mundiales como Brasil, Estados Unidos y México. Los movimientos incluyen el traslado de plantas a sitios estratégicos donde puedan atender tanto los requerimientos del mercado interno como los del externo, y bajar, así, gastos de transporte.

Si bien es cierto que a Bedoya se le ve preocupado en el corto plazo, también es optimista frente al potencial de Colombia como una de las futuras despensas de alimentos del mundo. “Si logramos resistir los embates, nuestro protagonismo será mayor. Tenemos productos como el pollo y el huevo que, además de su alto valor nutritivo, son fáciles de preparar y se adaptan a todas las culturas gastronómicas del mundo. Mi lema, entonces, es: hay que pedir pollo”.

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