NI EL MODELO DE NEGOCIACIÓN POlítica de Andrés Pastrana en el Caguán.
Ni el de aniquilamiento militar de Álvaro Uribe, que no venció a las Farc ni conquistó la paz. La nueva estrategia militar busca resolver el conflicto desplegando presión armada sin inhibir disposición al diálogo con la guerrilla. La sanción de la Ley de Víctimas en presencia del secretario general de la ONU partió en dos la historia de la guerra en Colombia. Eco sonoro de su discurso de posesión, para Santos esta ley inicia el camino de la paz. Y por él marcha la nueva orientación de la Fuerza Pública: mantener la iniciativa militar hasta forzar una negociación política final. Este derrotero responde al cambio cualitativo de la confrontación, marcado por la involución de las Farc a la guerra de guerrillas, en una contienda de desgaste que no presenta combate abierto, mientras guerrillas y mafias se sumergen hasta las cejas en toda la cadena económica del narcotráfico. Pero el viraje no se contrae a técnicas de guerra (inteligencia, acción conjunta de todas las armas, operaciones sostenidas). También apunta hacia la paz y devela un tono inédito en la cúpula de las Fuerzas Militares: por vez primera en ocho años no se rubrica de terrorista a quien mencione la paz.
El paradigma de tierra arrasada, explica el general Navas (El Nuevo Siglo, 17,3,11), invita a la violación permanente de los derechos humanos. Recuérdese que durante años la derrota de la subversión permitió tropelías y crímenes de uniformados cuyo juicio no avanza. Díganlo, si no, los 3.000 falsos positivos y la vinculación impune de tanto militar al narcotráfico y sus ejércitos. Tampoco cree Navas que, eliminados los jefes, extinguida la organización. En las Farc, el relevo de jefes mantiene la unidad de mando sobre la tropa. Tampoco justifica la negociación política con una guerrilla odiada, que no representa a nadie y usó siempre la negociación como ventaja estratégica para oxigenarse: conforme dialogaba, se rearmaba. Como en el Caguán.
Este Gobierno se vuelca hacia un tercer escenario: despliega presión militar por tierra, mar, aire y ríos, hasta forzar una paz negociada desde el poder del Estado. Con desparpajo que escandalizará al general Montoya, dice el comandante del Ejército que “el fin del fin” de la guerrilla era apenas un eslogan, un grito de combate. Que las Farc no están derrotadas y lo que se avecina es el último trecho del conflicto. La nueva estrategia (“Política Integral de Seguridad y Defensa”, Mindefensa mayo/11) perfecciona la consolidación del territorio mediante una acción progresiva del Estado adaptada a cada región. Y se fija otros objetivos militares, con arreglo al nuevo perfil de la guerra. El reto es consolidar la paz, reza el documento, previa derrota de los grupos armados ilegales y “una reducción histórica en la producción de narcóticos”.
Si innovador todo ello como estrategia contrainsurgente, paupérrimo resulta como ofensiva antinarcóticos, pues porfía en la interdicción que ha quedado en ridículo. Más que probada está la futilidad de erradicar cultivos ilícitos sin sustituirlos por otros más rentables que la coca prohibida. A no ser que el desarrollo anunciado para el campo cobije a los raspachines atrapados en esa sinsalida de supervivencia, que las Farc convirtieron en otra fuente de financiación. Médula de cualquier negociación con ellas sería comprometerlas a abandonar sus nexos con el narcotráfico. Paso inicial hacia la desaparición definitiva de los ejércitos ilegales, que sobrevendría tras la despenalización global de la droga, el combustible de la guerra. Si la estrategia de aniquilamiento es cosa del pasado, y Cano insiste en dialogar, bien haría en disolver tratos de sus frentes con el negocio maldito. Sabrá que como jefe de insurgentes, y no de un cartel, podrá siempre negociar con honor.