El término ‘Medio Oriente’ se suele emplear a menudo, pero no es claro qué extensión geográfica ni qué espacio cultural designa.
El Medio Oriente que conocemos hoy es el resultado de una imagen profundamente mediatizada: guerras, conflictos religiosos, Islam, terrorismo, rehenes degollados y sobre todo mucho petróleo son las referencias dominantes para definirlo. Sin embargo, la imagen no siempre concuerda con la realidad. Los Colombianos, que hemos cargado con el peso aplastante del estereotipo que produjeron la violencia y la cocaína, deberíamos dudar más del libreto que nos ofrecen y evitar el camino corto para referirnos a los demás. Colombia no es Pablo Escobar y el Medio Oriente no es Abu Bakr Al-baghdadi (el líder supremo del EI).
Ninguna región del mundo, ningún país, ni ningún pueblo se tienen que convertir en la fuente de los prejuicios que inventa el resto de la humanidad.
Para clarificar nuestra imagen del Medio Oriente empecemos recordando que hace parte de una geografía imperial en la que convergen los intereses de las grandes potencias. La etimología es esclarecedora al respecto. ‘Medio oriente’ se trató, nada más y nada menos, que del ‘medio’ entre las naciones europeas y el lejano oriente, es decir, la India y la China. Quizá se usó por primera vez en los reportes que redactaban los asesores del Foreing Office hacia 1850, pero fue el estratega estadounidense A. Manhan quien lo popularizó a principios del siglo XX, al estudiar la política naval inglesa mientras los imperios británico y ruso se disputaban a cañonazos el control del Asia central. Conclusión: la definición de la región no tomó como punto de referencia a sus propios habitantes, sino a la cristiandad, que se oponía política y culturalmente a estos.
De esa repartición imperial surgió otra de las ideas que moldean nuestra visión de las cosas. Al Medio Oriente lo describimos como una región en la que la religión domina a la política, o dicho de otra manera, lo describimos como aquello que se opone a los principios que defiende la democracia liberal, el Estado laico y la modernidad política. Por eso pensamos que allí la guerra tiene causas religiosas, que la vida cotidiana está completamente regida por principios religiosos y que sus habitantes, sin excepción, son extremistas religiosos. Todas estas verdades sin fundamento hacen parte de nuestra imagen del Medio oriente, y aunque no pueda ocultarse la importancia que la religión tiene en la política, la vida de todos los días no gira exclusivamente alrededor de la Meca. No.
Hay muchos problemas que no se reducen a visiones o a prácticas religiosas. El Medio oriente es un sistema de Estados relativamente nuevo, que posee fronteras inestables, y que alberga a al Estado de Israel, cuya existencia legitima ha sido y seguirá siendo criticada por el conjunto de todos sus vecinos. Además de la intolerancia que puede engendrar la religión, hay toda una serie de temas neurálgicos que desencadenan conflictos y que en América latina conocemos bien. Me refiero a la desigualdad social provocada por la mala distribución de la riqueza, a la falta de educación y de oportunidades, a la circulación de armas y de combatientes, a la convergencia de intereses provocada por los recursos naturales (no sólo el petróleo), y por último, pero no por eso menos importante, a la oposición constante de muchas generaciones al intervencionismo internacional.
Una palabra para terminar. Ya dije antes que gústenos o no, la mejor forma de combatir los prejuicios es concientizarse de ellos. Miremos el mundo sin complejos de superioridad o de inferioridad, sin odio, y seamos plenamente concientes de que nuestra percepción de otras latitudes está mediada por nuestra propia posición en la historia y en las relaciones internacionales.