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La canciller de hierro: adiós a Europa

06 de noviembre de 2018 - 12:00 a. m.

Angela Merkel anunció que no se presentará a las próximas elecciones presidenciales de su país. La noticia sume a la Unión Europea en la incertidumbre.

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La canciller de hierro había logrado cerrarle el paso al grupo de euroescépticos que reúne a Viktor Orbán, Matteo Salvini, Sebastian Kurz y Jarosław Kaczyński en el Parlamento Europeo, pero al retirarse de la presidencia de su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), y al decidir no presentarse a la próxima elección presidencial alemana, permite a los partidos de extrema derecha iniciar una reconstitución continental y convertirse en una opción política atractiva para las próximas elecciones parlamentarias de mayo de 2019. Además, el adiós de la canciller es un nuevo incentivo para que Rusia y los EE. UU. sigan empeñándose en debilitar a una Europa ya debilitada por el brexit.

Aun sabiendo que sus homólogos europeos y su propio partido le pasarían la cuenta de cobro, la canciller optó por abrir las fronteras de su país para recibir a los refugiados sirios e iraquíes (el conocido “Wir schaffen das!”). También promovió el respeto de una cuota de acogida entre los demás miembros de la Unión. Algunos diplomáticos de Bruselas señalaron que esa actuación unilateral y la derogación del Reglamento de Dublín —marco normativo para que ciudadanos exteriores puedan entrar a la Unión— fragmentaron el espacio Schengen. Pero a favor de Merkel está nada menos que haber evitado una catástrofe humanitaria en Grecia e Italia, y haber creado las condiciones para que Turquía acogiera en su territorio a un número elevado de desplazados de África, Medio Oriente y Asia Central. Hacer lo correcto no significa hacer lo más popular, y a pesar de las reacciones de los opositores de su partido, para quienes Alemania y en particular Baviera no deben convertirse en tierra de asilo, Angela Merkel hizo lo correcto.

A pesar de tener una rodilla en el suelo, los adversarios de Merkel difícilmente pueden negar que se trató de una líder prudente y calculadora, que le dio a Europa cierta estabilidad en una década plagada de turbulencia y que privilegió los intereses alemanes sin afectar el proyecto europeo: tras tres mandatos consecutivos, Alemania tiene la tasa de desempleo más baja de su historia tras la reunificación (4,9%); actuó con determinación para ofrecer soluciones para afrontar la crisis financiera y la crisis de la zona euro; demostró que podía ceder a pesar de la inflexibilidad de su ministro y de sus consejeros de finanzas, como ocurrió con la cuestión griega; no traicionó al eje París-Berlín a pesar de haber fortalecido la relación entre Alemania y los países de Europa del Este. Como François Hollande lo recuerda en sus memorias, cuando los interlocutores actuaban de buena fe, Angela Merkel siempre estaba dispuesta a la concertación.

En el corto plazo, y siempre y cuando una nueva coalición parlamentaria no decida alejarla del poder, la Bundeskanzlerin puede gestionar la anhelada reforma de funcionamiento de la Unión. Tiene dos años para hacerlo. En el mediano plazo, su salida deja al presidente francés Emmanuel Macron sólo en el ring de los proeuropeos, con lo cual se repite a nivel continental lo que sucedió a nivel nacional: el vuelo de opciones de extrema derecha e izquierda, que piden la derogación de los tratados constitutivos, la pérdida gradual del peso político que detentaban los partidos políticos tradicionales y el surgimiento del centro como la única fuerza capaz de mantener a flote al barco europeo.

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