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La oposición de Pastrana

04 de julio de 2016 - 09:00 p. m.

¿Porqué el iniciador del dialogo con las FARC en 1998 se convirtió en uno de los más virulentos críticos de la negociación de la Habana?

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Las razones son de diferente orden y combinan, de una parte, la necesidad de ajustarse a la nueva configuración de las fuerzas políticas que surgirá con la firma del acuerdo de paz, y de otra, la nefasta experiencia de las negociaciones de San Vicente del Caguán entre 1998 y 2002.

Además de condenar los vínculos entre las FARC y el narcotráfico, el comunicado de A. Pastrana que circuló hace un par de semanas señala que la actual negociación de paz es incompatible con el Estado de derecho. El documento no entra en detalles, pero reafirma la conocida oposición del exmandatario a los diálogos de paz de la Habana, que se hizo pública en octubre del año pasado, con su sorpresiva renuncia a la comisión asesora de paz a la que fue invitado por el presidente Santos.

Los argumentos de Pastrana no pueden tratarse con ligereza. Sus reservas frente a un equilibrio de poderes alterado por una negociación de paz y un presidente que asume facultades extraordinarias para terminarla revelan los problemas que deben resolverse dentro de la estructura del Estado para garantizar el bien supremo de la paz sin renunciar a la democracia. La parálisis de los organismos de control frente a la jurisdicción especial de paz, que el exmandatario también ha enunciado, es mucho menos convincente, pero no por ello menos importante.

Lo preocupante es que la actitud crítica de Pastrana no esté respaldada por una exposición ante la opinión pública de las soluciones que tiene en mente para construir un país en paz. Oponerse al ‘todo vale’ en la negociación o decir que ‘la paz sin cimientos democráticos es una vana ilusión’ son ideas etéreas que en nada contribuyen a corregir lo que se ha hecho mal o a proponer un nuevo rumbo para la negociación.

La oposición de Pastrana al proceso de paz prolonga tácitamente la alianza con el uribismo, sin plegarse a él, pero manteniéndolo suficientemente cerca como para establecer un contrapeso poderoso contra los grupos políticos que acojan representantes de las FARC en el Congreso. Por otra parte, al sentarse en el banco de los opositores a la negociación de la Habana, Pastrana le abre al conservatismo la posibilidad de postular un candidato presidencial independiente, que sin apoyar totalmente la agenda del post-conflicto en las elecciones presidenciales del 2018, sea capaz de recoger los votos de un Centro Democrático debilitado por la realidad de la desmovilización de las FARC.

Queda el recuerdo de los diálogos del Caguán, en los que Pastrana perdió la mayoría de su capital político y la posibilidad de pasar a la historia como el mandatario de la paz. La imagen de una guerrilla alevosa y traidora, que lo asaltó en su buena fe y empleó la zona de distinción para seguir delinquiendo es demasiado fuerte como para que él (y muchos otros colombianos) acepte que esta negociación se está llevando a cabo con una genuina voluntad de reconstruir un país devastado por décadas de odio y miedo.

La desconfianza y el escepticismo pastranista al proceso de paz pueden ser comprensibles, pero cantonarse en una torre de marfil para criticar sin proponer no es una actitud coherente con la personalidad de un líder político que debería continuar defendiendo el mandato presidencial de una Colombia sin guerra.

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