Colombianos y venezolanos nos encontramos cerca de activar los mecanismos de participación popular de nuestras constituciones.
Esa activación provocará, en el caso colombiano, una transformación sin precedentes de la vida política porque después de medio siglo de guerra guerrillera las FARC abrazarán las reglas del juego democrático. Inclusión no quiere decir influencia ni mucho menos poderío, como muchos de los instigadores del ‘no’ pretenden demostrarlo. Con esto no quiero subestimar a las FARC, un error que se cometió en la cúpula política y militar del país durante muchos años, pero si espero llamar la atención sobre un punto elemental: la unidad de mando que produce la vida castrense no se traspasa automáticamente a la disciplina electoral ni a la formación de líderes políticos capaces de sacrificar sus intereses personales en aras de la defensa de la colectividad, que es lo que se requiere para consolidar un partido.
De cualquier modo, si se contempla con ojos desapasionados la historia del país, la desmovilización y la entrada en política de las FARC sí significan una apertura democrática, que transforma la estructura bipartidista que se pactó en 1957 y que se halla en los orígenes de nuestra larga y tortuosa guerra interna. Ese argumento me parece suficiente para votar por el ‘si’, pero hay otros, como el hecho de que este referendo permitirá unir geográficamente el este y el oeste del territorio nacional.
La activación de la consulta popular en Colombia tendrá implicaciones en Venezuela. Es apenas evidente que la entrada de las FARC a la política creará un puente con lo que vaya quedando del chavismo. Los comandantes guerrilleros tienen una innegable deuda política y militar con él. Pero entre eso y que Colombia se convierta en un paraíso comunista hay una gran diferencia. La amenaza al estado de guerra permanente no significa una desviación socialista hacia la paz en la región, como pretende demostrarlo el Centro Democrático. Al contrario. La convocatoria del referendo colombiano aumentará la presión de la oposición sobre el gobierno del presidente Maduro y terminará por mostrarle a ciertos sectores del chavismo que la participación popular desde abajo que se impulsó en los primeros días de la revolución bolivariana, sólo está sirviendo para que los sátrapas se perpetúen en el poder.
No estamos en los tiempos en que Chavez ganó el referendo con el que la oposición esperaba convocarlo en el 2004. La Venezuela de Maduro tiene que enfrentarse a un congreso con mayorías opositoras, a una sociedad empobrecida y desmoralizada por el desabastecimiento y la corrupción, a indices de violencia inéditos, a una caída de los precios del petróleo y a una inflación que superará el 720% este año. Es más, Maduro se mantiene en el gobierno desconociendo la facultad que el mismísimo Chavez instauró en la constitución bolivariana de 1999 para que el pueblo destituyera libremente a sus gobernantes. Esa paradoja no escapa a muchos de los antiguos miembros del Movimiento V República, hoy reciclado en el Partido Socialista Unido de Venezuela, que contemplan inertes cómo se desdibuja la promesa de la participación popular bajo el peso de una burocracia incompetente y de una economía en crisis.
No habrá que esperar milagros ni que Bolívar salve la patria. El referendo revocatorio puede activarse, pero también puede diferirse y el chavismo tiene buenas posibilidades de permanecer en el poder hasta 2019, incluso si Maduro es destituido. A diferencia de la oposición que existía en 1957 y que derrocó a Perez Jimenez en el 58, en la Venezuela actual los militares continúan apoyando al régimen y los líderes opositores no han logrado concretar una estrategia para canalizar el descontento popular y hacerle jaque mate al gobierno. El anuncio de Mercosur de no traspasar la presidencia a Caracas aumentará el aislamiento, pero no cambiará la situación interna, y la ayuda que las FARC puedan prestarle a Maduro no va a evitar la catástrofe a la que se están dirigiendo cientos de venezolanos, para quienes las únicas opciones serán la resignación en una realidad laberíntica, la oposición armada o el doloroso exilio extranjero.