Para hacer el balance del año 2015 decidí releer los comentarios que los lectores hicieron a mis artículos.
Conté aproximadamente 129 comentarios para un total de 36 artículos publicados entre marzo y diciembre. Los sustantivos más empleados por mis comentadores fueron ‘guerra’, ‘países’, ‘drogas’ y ‘Estados Unidos’.
El porcentaje de comentarios en los que fui atacado personalmente fue ínfimo frente al porcentaje de comentarios que, a pesar de criticar mis opiniones con vehemencia, sentaron posiciones basadas en hechos. En un momento de gran expectativa nacional en el que muchos esperamos que las balas se cambien por palabras para escribir la historia de los colombianos, este indicador es (sobriamente) alentador.
Hubo neologismos audaces como ‘cochinadero’, que une al adjetivo ‘cochino’ con el sufijo de lugar ‘–ero’, y otros menos audaces, aunque igualmente importantes en el debate político colombiano, como ‘narco-terrorismo’, ‘castro-chavismo’ y ‘castro-petrismo’, pero ningún ‘paraco-uribismo’ o ‘hacker-zuluaguismo’. Los comentarios sarcásticos como el ‘proceso de pus’, para calificar a las negociaciones de la Habana, y las ideas sugestivas, como la del lector que insinuó la existencia cultural de un ‘Occidente medio’, fueron verdaderos alicientes de trabajo. También lo fueron las observaciones de los guardianes vigilantes del lenguaje que me recordaron mis usos y abusos lingüísticos. Gracias a todos ellos y a los correctores editoriales de El Espectador.
La firma del acuerdo transpacífico de cooperación económica, que representa la unión del 40% del comercio global, y de forma más general, el desplazamiento del poder mundial de la cuenca del atlántico al pacífico, son temas mayores de la agenda internacional para la próxima década que merecen toda nuestra atención. Sin embargo, este año mis comentadores guardaron silencio frente a las columnas que trataron temas relacionados con el Asia/Pacífico y el Asia del Sudeste.
Algo diferente ocurrió con el Pacífico suramericano. La controversia limítrofe entre Chile y Bolivia dio lugar a una serie de apreciaciones sobre las relaciones entre los países andinos y del cono sur que leí con mucha atención. Además de vincular el diferendo a la historia decimonónica, mis comentaristas lo observaron a través de desarrollos más recientes, como el anuncio del fallo de la Corte internacional de justicia sobre el diferendo entre Colombia y Nicaragua, abriendo así pistas de reflexión sugestivas que tenían una dimensión hemisférica y sobrepasaban el juicio localista que caracteriza nuestra conciencia internacional.
Esta miscelánea sobre el 2015 quedaría incompleta si no hablara de Venezuela, hoy por hoy uno de los pilares fundamentales de nuestra identidad política. Las bravuconadas del presidente Maduro, el pretorianismo de Diosdado Cabello o la animadversión de muchos venezolanos hacia Colombia no pueden convertirse en excusas para entender o exagerar lo que sucede del otro lado del Táchira y del Orinoco basándonos en ligerezas o en caricaturas exóticas. Venezuela es el espejo político de los colombianos y aún si no queremos reconocernos en su reflejo, ningún otro pueblo en el mundo va decirnos tanto sobre nosotros mismos como el venezolano. Cada virtud y cada desacierto de los venezolanos equivale a una virtud y a un desacierto de los colombianos.
Aplaudiendo la aprobación de la adopción para parejas del mismo sexo y la legalización del uso medicinal de la marihuana en el 2015; esperando que el actual proceso de paz llegue a buen término en el 2016 y que el inicio de las conversaciones con el ELN sea una oportunidad para reforzar la democracia colombiana; y repudiando el asesinato de los cinco indígenas de la comunidad Puwainama de La Guajira por cuenta de quienes pretenden arrebatarles sus tierras, le deseo al equipo de El Espectador, a sus columnistas y todos a mis lectores un feliz y prospero año 2016.