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Problemas diplomáticos

14 de septiembre de 2015 - 11:48 p. m.

La crisis fronteriza con Venezuela tiene que servirnos para pensar en los problemas y las debilidades de la diplomacia colombiana.

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Aún no tenemos una carrera diplomática enteramente profesionalizada. Hay situaciones vergonzosas que ejemplifican a qué me refiero: un supuesto “embajador” incapaz de hablar en una lengua internacional en un evento público, o un plenipotenciario que no puede defender los intereses nacionales porque no tiene ni la más remota idea de a quien dirigirse o de con quien aliarse sobre el terreno.

Otros columnistas de este diario han denunciado con razón que el amiguismo y el compadrazgo de la diplomacia colombiana se pagan caro cuando se trata de sentarse a negociar. Es cierto. Yo agregaría que hay una fila de mujeres y hombres útiles, preparados, con ganas de servirle al país, que ven sus expectativas frustradas súbitamente cuando un empresario o un político se instalan en los primeros o segundos puestos de las delegaciones. Con contadísimas excepciones, los dos gobiernos de Álvaro Uribe fueron una desfachatez al respecto. Este Gobierno, a pesar de los esfuerzos, no se ha liberado ni se va a liberar ya del fardo que implica amalgamar el ajedrez electoral interno y los nombramientos de los funcionarios diplomáticos.

Pero no sólo en las inconsistencias de la carrera diplomática hay que buscar las causas de nuestra zozobra internacional. Más que un Tíbet suramericano, Colombia es un archipiélago continental, un país de regiones que no tiene una estructura territorial unificada. Lo que llamamos “poder central” no es sino un tibio ejercicio de la soberanía política cuando lo comparamos con el poder de facto que ejercen las élites regionales. Las críticas contra un centralismo administrativo ejercido desde Bogotá son necesarias, pero no hay que sobredimensionarlas.

La falta de unidad territorial, expresada en la ausencia de un proyecto nacional común entre el centro andino y los departamentos marítimos, explica en parte la ausencia de la diplomacia colombiana en el Caribe. Ahí está la diplomacia petrolera de Venezuela y la estrategia de comunicación de Delcy Rodríguez para recordárnoslo hoy. Lo que es cierto para el Caribe también es aplicable al Pacífico y a la región amazónica. Las perdidas territoriales con el Perú, el Ecuador y el Brasil son un testimonio manifiesto de que la selva amazónica no figuró durante muchas décadas en la proyección internacional de Colombia.

¿Qué pasos seguir para integrar las fronteras a la elaboración de la política exterior y a la práctica diplomática? Propongo uno simple para empezar: integrar a los mejores estudiantes de los departamentos marítimos y fronterizos a la carrera diplomática. Un sistema de becas a quienes presenten el mejor desempeño académico en sus departamentos, combinado con cuotas regionales que den acceso a quienes lleguen a la etapa de presentación del concurso de ingreso a la Academia de San Carlos puede ser una vía. Los frutos no se verán antes de diez años, pero terminarán por verse.

Para terminar: de nada sirve tener una herramienta si no se sabe cómo emplearla. Colombia tiene una posición excepcional en la convergencia hemisférica del continente, pero la vocación bioceánica del país nos entra en la cabeza como una plana escolar que no terminamos de digerir. Lo he constatado con asombro con amigos y familiares, y lo que es más preocupante, con varios miembros de las embajadas colombianas. La independencia de Panamá, la extinción de la Flota Mercante Grancolombiana, el fallo sobre las aguas en disputa con Nicaragua y nuestros reveses diplomáticos recientes en la OEA y el Caribe prueban que aún no sabemos qué significa tener dos océanos.

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