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Prohibicionismo y destino manifiesto

02 de mayo de 2016 - 10:21 p. m.

Una de las columnas del prohibicionismo es el apoyo de la opinión estadounidense a la guerra mundial contra las drogas.

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La cooperación entre los EE.UU. y Colombia en materia de lucha antidrogas no ha sido un acuerdo leonino que le da todos los beneficios a los estadounidenses y ninguno a los colombianos.

Tampoco ha sido una cortina de humo para ocultar un intervencionismo encubierto y orquestado por la CIA y el pentágono, como volvieron a repetirlo un puñado de ingenuos complotistas con motivo de la intervención del presidente Santos frente a la Asamblea de la ONU, en el marco de la sesión extraordinaria convocada por Colombia, México y Guatemala para revisar la estrategia global de lucha contra las drogas. A diferencia de lo sucedido en otros países latinoamericanos, en Colombia no se ha hecho nada (o nada realmente relevante) sin que no haya un entendimiento previo entre Washington y Bogotá.

Po eso la perversidad no debe buscarse en las relaciones entre los gobiernos, sino en las razones que estos han ofrecido a la opinión pública para justificar la lucha contra las drogas. En el caso de los EE.UU., la cooperación con Colombia en materia antidrogas no se ha sustentado en la protección de la integridad física y mental de los estadounidenses ni en la defensa de sus intereses nacionales. A pesar de la oposición de importantes sectores de las bancadas republicana y demócrata, lo que ha permitido que año tras año se apruebe en el congreso un paquete de “ayuda” para los colombianos es un discurso más o menos elaborado que conjuga el destino manifiesto y la doctrina Truman, cuyo propósito es respaldar la ayuda voluntaria que los EE.UU. le da a una nación sitiada por el narcotráfico y el comunismo.

Por motivos de conveniencia política, en la reciente sesión extraordinaria de la ONU no se dijo que una de las columnas vertebrales del prohibicionismo está en el apoyo incondicional que la opinión estadounidense le ha dado a su gobierno para financiar una guerra mundial contra las drogas. Lo que no puede pasar desapercibido es que la reciente aprobación del consumo recreativo de marihuana en varios estados de la unión y la percepción de que los EE.UU. están peleando guerras costosas e ineficaces a lo largo del mundo han hecho vacilar ese apoyo. Es una fisura sobre la que hay que martillar con fuerza de ahora en adelante.

No se puede inducir a un estadounidense a dejar de creer que pertenece a la nación elegida para mantener las bases del orden democrático internacional, pero sí se le puede convencer de que su gobierno ha peleado una guerra inútil, financiada con el dinero de sus propios impuestos y cuyos resultados no se le han dado a conocer de forma transparente. La guerra del Vietnam no sólo se perdió por sostener una guerra convencional en vez de una contra-insurgente; la derrota también ocurrió en casa, cuando Johnson y Nixon perdieron definitivamente el apoyo de la opinión pública para financiar el triunfo de las tropas en Indochina. Ese fue el triunfo de David contra Goliat.

Un mundo libre de drogas no es posible. Uno libre de mafias poseedoras de ejércitos privados sí. Pero para construirlo hay que abandonar definitivamente los enfoques prohibicionistas y hacerle entender a la opinión pública de los EE.UU. que está financiando una guerra inútil que hasta hoy ha tenido más derrotas que victorias.
 

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