Si el Estado Islámico proveyó el insumo para dividir a las armadas de Dios y del diablo, la COP21 las unió para evitar el Apocalipsis climático.
Con un mensaje de comunión entre la humanidad terminó, el sábado pasado, la conferencia climática de Paris. Entre la apertura de la conferencia, y el emotivo cierre que orquestaron el Presidente Hollande y el ministro Fabius, hubo muchos ¡viva la humanidad! y ¡viva el planeta!, pero poco tiempo para preguntarse porqué las catástrofes industriales han sido tan numerosas en estos últimos cuatro lustros y porqué hemos sido tan impotentes para detenerlas.
Ni el temible Leviatán estaría a salvo del peligro que representa nuestro modo de existencia.
Es alarmante que la conferencia haya provocado un número apabullante de afirmaciones tendenciosas y que la opinión pública las haya recibido con tan poca distancia crítica. Primero, porque la humanidad no se dio cita en Paris para luchar contra el calentamiento climático, como se gritó a los cuatro vientos, sino sólo una ínfima parte de ella, que corresponde a los representantes de los países miembros de la ONU y de algunas organizaciones internacionales. No estuvieron allí miles de activistas a los que les cerraron las puertas a petición del Japón, ni los representantes de cientos de sociedades tradicionales que ven desaparecer el área cultivable de sus tierras todos los días, ni los miles de combatientes del EI, a quienes poco les interesa alinearse con la lucha contra el calentamiento global y que querámoslo o no también son humanidad.
Segundo, porque la humanidad no es la responsable de la contaminación del planeta, como ha querido sostenerse a diestra y siniestra con la anuencia de los países más poderosos, que ahora aparecen como los salvadores de una humanidad amenazada por las siete plagas de Egipto. ¿Acaso asumir el reto colectivo de preservar un planeta maltrecho puede exonerar a los grandes productores de catástrofes ecológicas de la responsabilidad que tienen en lo que ha sucedido y en lo que va a suceder? El gran hueco de la capa de ozono, las mareas negras del Exxon Valdez y del Prestige, la radioactividad fugada de Chernobyl y Fukushima o el aumento de la temperatura planetaria (sólo para citar algunos eventos familiares a mí generación), no son la responsabilidad del género humano como ahora se pretende demostrar.
Salvar la humanidad fue uno de los lemas más publicitados en las últimas semanas y a él adhirieron millones de personas alrededor del mundo. Pero, ¿salvarla de qué? o mejor, ¿de quién? Todos los esfuerzos para repensar nuestra relación con la naturaleza son bienvenidos y en algo conforta la inquietud sobre el destino de nuestra especie, pero no es el momento para pensar que el mesías va a regresar a salvarnos y que todo se va a solucionar con la buena voluntad de los Estados.
Lo que está sucediendo no es una película en la que héroe vence al villano y salva al planeta antes de que todo estalle. Los resultados de los acuerdos de la conferencia no se verán antes de quince o veinte años y para entonces varias islas se habrán sumergido por el calentamiento de los océanos y muchas especies habrán desaparecido definitivamente de la faz de la tierra.
Es paradójico decirlo de este modo, pero salvar a la humanidad significa protegerla de sus propias garras.