El gobierno francés no puede sostener la guerra fuera de sus fronteras sin concientizar a su población de los riesgos internos que ello implica.
La consternación provocada por los atentados del viernes en la noche en Paris y en Saint Denis no oculta lo evidente: la amenaza de un nuevo atentado era latente. Todo el mundo lo presentía, pero pocos querían aceptarlo.
El fortalecimiento del dispositivo antiterrorista en Paris mostraba que el capítulo del miedo no estaba cerrado. El ‘plan vigipirate’, que asocia a todos los actores de la nación susceptibles de contribuir a la vigilancia para prevenir actos terroristas; la nueva ley de inteligencia aprobada en junio, que da más poder judicial a la policía, y en fin, la creación reciente de un Estado mayor contra el terrorismo bajo la autoridad directa del Ministerio del interior, constataban en la práctica política lo que los ciudadanos no querían ver en la vida cotidiana. Al evocar la amenaza del terror, al mencionar que el peligro no era simbólico sino real, al decir que lo que estaba ocurriendo desde los atentados contra Charlie Hebdo en Francia era una situación explosiva fui tildado de alarmista. ‘Las cosas en Francia son diferentes’, osó decirme un especialista de Relaciones internacionales en un debate público reciente.
Hace algunas semanas, en una entrevista al semanario l’Express, Bernard Cazeneuve, el ministro del interior, señaló que los servicios de policía e inteligencia desmontaban todos los días tentativas de ataques. En cinco de los últimos procesos por terrorismo, los detenidos aseguraron que planeaban atacar puntos de afluencia masiva como las salas de espectáculos parisinas.
Hoy más de 1500 franceses están implicados directa o indirectamente en la yihad en Siria e Irak. Los desafíos que esta cifra plantea a las autoridades son inéditos. De hecho, los efectivos de la Dirección general de servicios de inteligencia (DGSI) no dan abasto con la cantidad de casos que deben tratar. El archivo que la organización creó en marzo para seguir los casos de radicalización terrorista tiene más de 11.000 nombres. La DGSI sólo puede atender los individuos más peligrosos, que en realidad representan un porcentaje bien reducido si se le compara con el número total de sospechosos.
Los 129 muertos y los 349 heridos de la noche del viernes hacen que los franceses se percaten nuevamente de los compromisos militares de su gobierno en el Sahel y el Medio Oriente. El gobierno no podrá continuar sosteniendo la guerra fuera de sus fronteras sin concientizar a su población de los riesgos internos que ello implica. Por lo menos así lo sugiere la alocución televisiva del presidente François Hollande el sábado, en la que empleó primera vez los términos “guerra”, “yihad” y “Daech”. Si los Franceses quieren estar a la altura del problema que tienen frente a los ojos es imposible continuar negando el peligro y refugiándose en la candidez y en lo políticamente correcto.
A diferencia de lo sucedido después de los atentados de Mohamed Merah en 2012 y de los de Charlie Hebdo en enero de este año, la respuesta a los ataques del viernes no incluyó un llamado a marchar para rechazar la violencia ni una invitación a los jefes de Estado del mundo para hacer bloque común contra el terrorismo. En esta ocasión la reacción del gobierno fue marcial y las reuniones espontáneas en el espacio público fueron prohibidas por temor a nuevos atentados.
El sábado la sociedad francesa se levantó perpleja ante la gravedad de la situación. Durante todo el día circularon mensajes en las redes sociales de familiares de las victimas que buscaban desesperadamente en las morgues y en los hospitales a sus seres queridos. Las familias de los extranjeros asesinados en el Bataclan llegaron a Paris en la mañana para recibir los cuerpos. Fueron momentos conmovedores.
A los pronunciamientos de varios líderes internacionales apoyando al gobierno y al pueblo francés se sumaron algunas voces discordantes. Nicolás Sarkozy y Marine Le Pen aprovecharon la coyuntura para señalar los desaciertos del actual gobierno socialista en materia de seguridad y continuar preparando el camino para las elecciones presidenciales del 2017. Como era de esperarse, Le Pen arremetió contra los extranjeros y esbozó el vínculo entre los migrantes y los terroristas. Bachar Al Assad expresó sus condolencias, pero no vaciló en mencionar que Paris conoció el viernes lo que Siria vive desde hace varios años. Agregó que la diplomacia francesa en Siria es una de las principales responsables de la expansión del terrorismo en el mundo y que mientras el gobierno de Hollande continúe aliándose con Qatar y Arabia Saudita no podrá luchar contra este flagelo.
El domingo en la noche diez aviones de caza franceses que despegaron desde los Emiratos Árabes y Jordania dejaron caer 20 bombas en Al Raqa, capital del auto-proclamado Estado Islámico en 2013. El portaviones Charles de Gaulle va a desplazarse al Golfo Pérsico este miércoles, con lo cual se espera triplicar la capacidad de choque de las fuerzas francesas en Irak y Siria. Sin embargo, hasta este momento, cualquier intervención de tropas terrestres sigue estando descartada.