Confieso que aún no he digerido las emociones fuertes, sentimientos encontrados y pensamientos diversos que tuve durante la clausura de la XX Conferencia Nacional Guerrillera de las FARC-EP.
Nunca había presenciado tanto realismo mágico. En los Llanos del Yarí, epicentro del Plan Patriota, construyeron en solo 13 días unas instalaciones, bien señalizadas en español e inglés, donde nos entremezclamos los invitados especiales con periodistas colombianos y extranjeros y miles de guerrilleras y guerrilleros en tránsito a una nueva vida. Los abrazos y lágrimas de madres y hermanos que no se veían hacía años fue un poderoso recorderis del gran reencuentro de la familia colombiana al que este proceso debe llegar.
Sabía que presenciaba un acontecimiento histórico cuando los del Secretariado pidieron un aplauso para la prensa (incluyendo a RCN) por el cubrimiento que realizaban. Luego Joaquín Gómez bailó feliz al son del maestro Alfredo Gutiérrez; Timochenko firmó autógrafos y se tomó selfis con sus fans; Iván Márquez intentó cantar y Pastor Alape conversó largamente con René Higuita (¿la Constituyente de Higuita?). Pero sobre todo, me impresionaron las caras de la guerrillerada, la mayoría jóvenes, hipnotizados por las luces y pantallas grandes, cantando las canciones de Jhonny Rivera y bailando el reggae rock de Alerta Kamarada.
No es solo la transición de una guerrilla a un partido político sino el paso de miles de compatriotas a una forma de vida hasta ahora desconocida: de los estafetas al whatsapp, de recibir los tres golpes diarios a tener que manejar sus recursos propios, de dejar atrás una estructura de mando que decidía todo por ellos a tener que bandearse como individuos. En medio de la alegría y la pachanga, se sintió nostalgia, con los vivas a Manuel Marulanda, Jacobo Arenas, al Mono Jojoy y a Alfonso Cano, así como los gritos por la libertad de Simón Trinidad.
Para quienes esperaban algo acartonado, dogmático y machista-leninista, la sorpresa fue mayor. Un periodista europeo nunca se había imaginado la facilidad con la cual se podía hablar con cualquier guerrillero y la transparencia con la que expresaban sus preocupaciones frente al futuro pero a la vez convencidos de estar tomando la decisión correcta.
A las FARC-EP les queda un trecho largo y espinoso para dejar atrás la pésima imagen con la cual llegan a la lucha democrática, resultado de años de propaganda oficial en su contra y de sus propios e injustificados crímenes y errores. Su gran reto tiene que ver con la sinceridad y contundencia con la cual reconozcan y pidan perdón por sus actos, como ya lo han hecho con Bojayá y los diputados del Valle. Otra será la seriedad con la cual cumplan la dejación de armas. Siempre quedarán incrédulos que dirán que no se entregaron todas, independientemente de qué dictamine la ONU. Hace 25 años, decían lo mismo del M19 y solo con el tiempo y los hechos se demostró la sinceridad del proceso.
La notoria ausencia de armas ayudó a enviar el mensaje de que más que la última conferencia guerrillera fue su pre lanzamiento como fuerza política. Los discursos fueron de un gran respeto y reconocimiento al gobierno del presidente Santos y de apertura hacia los sectores democráticos y progresistas. ¡Me quito el sombrero a las FARC-EP por su decisión y valentía!
El Estado, por supuesto, también debe cumplir. A su vez la sociedad tiene que hacer su parte, empezando por votar Sí abrumadoramente el próximo domingo.
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