La sub-20 debutó goleando a Francia. Se celebró hasta el amanecer y más de uno especuló «Ahora sí, ¡Colombia es campeón!». Al escribir estas líneas, me imagino que le ganamos a Malí sin problema.
No es la primera vez que empezamos ganando. En la reciente Copa América, al terminar la primera ronda, la discusión era en torno a quién nos tocaría derrotar en la final. Y luego, la decepción.
Sin duda, el más grande júbilo que hemos sentido como país fue aquel inolvidable 5-0 contra Argentina en las eliminatorias para USA 94. Festejamos toda la noche, y durante varios días, en todo el país. En Bogotá se formaron concentraciones espontáneas en la Plaza de Bolívar, en la 15 con 85, y el tráfico colapsó, no por las lluvias ni las obras inconclusas, sino por las gentes que inundaron las calles. No recuerdo la cifra exacta, pero la juerga nacional dejó varias víctimas fatales. Nos pusimos tan contentos que terminamos matándonos.
Pero en vez de levantar la copa como todos soñábamos (hasta Pelé dijo que Colombia estaría en la final), vino la autoeliminación, la humillación, la tristeza. Y en seguida, el asesinato de Andrés Escobar. En un país repleto de magnicidios, genocidios y masacres, de muertes trágicas y violencia insensata, pocos homicidios han sido tan absurdos. Despertamos del sueño para encontrarnos de nuevo viviendo la pesadilla de nuestra cruda realidad.
Somos un país que necesita algo en qué creer. Colombia, decía Rodrigo Escobar Navia, es un acto de fe. Fuimos lo que quedó de la Gran Colombia luego de que se fueron los venezolanos y ecuatorianos para crear sus propias naciones y nacionalismos. Nuestro territorio ha sido amputado varias veces: nos arrancaron un brazo con el robo de Panamá. Somos uno de los países más desiguales del mundo, profundamente segregado por clase y raza; separados por montañas y selvas; históricamente enfrentados por ideas, poder y codicia; desconectados entre nosotros y aislados del mundo. Nuestra maltrecha identidad nacional aún se basa más en el folclor que en una historia común o un proyecto de país que nos incluya a todos y todas.
Colombia es pasión, dicen. Nos enamoramos e ilusionamos con gran facilidad e intensidad. Y con frecuencia, el desamor y el desencanto son mucho más fuertes. Para millones que ingenuamente se dejaron seducir por la promesa redentora del uribismo, hoy no salen del estupor, con cada nuevo carcelazo de otro integrante del círculo íntimo del expresidente, al descubrir que las cosas fueron aun peores de lo que decíamos los antiuribistas (terroristas en ese entonces). Para quienes soñamos con el cambio, todavía nos invade la desilusión al ver un Polo que terminó siendo ni democrático ni alternativo y un Partido Verde que no es ni partido ni verde. Y ahora todos queremos creer que Santos sí es un santo.
Pero volviendo a los temas serios como el fútbol, que es mucho más que un simple deporte nacional, no olvidemos que así como somos un desastre cuando nos enfrentamos y nos dividimos, somos imparables cuando jugamos juntos, con nuestras diferencias y especialidades, en equipo. ¡Goool de Colombia!