EL PASADO SÁBADO, EL SENADO ESTAdounidense derogó la política llamada “no preguntes, no digas”, mediante la cual a los homosexuales integrantes de las fuerzas armadas se les prohíbe revelar su orientación sexual.
Pueden morir por su patria, siempre y cuando se mantengan “en el clóset”.
La trascendental decisión abre el camino para que gays y lesbianas hagan parte de las fuerzas militares de manera abierta y en igualdad de condiciones. Contó con el apoyo decidido del presidente Obama, el Ministro de Defensa, un republicano, único nombramiento de Bush ratificado por Obama, y la gran mayoría del alto mando militar.
El hecho tiene un hondo significado. Los cuerpos castrenses son instituciones conservadoras y tradicionales, reacias al cambio, machistas por excelencia. Pero los militares también son pragmáticos y en su seno se reflejan los rasgos de la sociedad en su conjunto.
De hecho, la primera institución pública en USA que rompió con la segregación racial e integró a los negros, unos años antes de que Martin Luther King realizara su primera marcha, fue el ejército, no tanto por razones libertarias, sino por lo engorroso e inoperante que resultaba mantener a blancos y negros separados.
Cambios culturales son lentos y a veces traumáticos, pero una vez suceden, nada los detiene. A quién se le ocurriría hoy sugerir que a las mujeres se les negara el derecho al voto, que en nuestro país cumple tan sólo cincuenta y pico de años. El ex presidente Jimmy Carter se atrevió a afirmar que USA está lista para elegir al primer presidente gay.
Pero algunos cambios son más difíciles de asimilar que otros. Ese mismo sábado, el Senado rechazó la llamada “ley del sueño”, que les hubiera dado la ciudadanía a inmigrantes ilegales que entraron a USA cuando tenían menos de 16 años, con mínimo 5 años de residencia y que estén en la universidad o en el ejército.
En los orígenes de la nación, la inmigración fue promovida de manera activa, el melting pot fue exaltado como un valor y cualquier inmigrante que llegaba a sus costas tenía el derecho de quedarse y volverse ciudadano.
Todo iba bien, mientras los que llegaban eran en su mayoría blancos, monos y protestantes. Pero una vez empezaron a desembarcar diferentes, un poco más oscuritos, católicos o judíos, la cosa cambió. Los primeros en ser explícitamente excluidos por ley fueron los chinos, en 1882, y para 1924 se establecieron restricciones según el país de origen, favoreciendo a los ingleses y alemanes, limitando a los italianos y polacos, y prohibiendo a los asiáticos.
Hoy, la inmigración ilegal proviene mayoritariamente de América Latina, lo cual le agrega un ingrediente de racismo en un país en el cual los blancos empiezan a sentirse como una minoría. En momentos de crisis económica, otorgarles ciudadanía a los inmigrantes se percibe como una amenaza al empleo, aunque la verdad es que los ilegales hacen oficios que gringos blancos no están dispuestos a realizar.
Lo cierto es que el tema de la inmigración despertó más resistencia que los derechos de los gays, lo que indicaría que hoy en USA la xenofobia es mayor que la homofobia.