No recuerdo haber vivido una semana tan intensa. Llegó primero el contundente totazo del plebiscito que más que el triunfo del No, fue la derrota del Sí. Luego, la apoteósica Marcha del Silencio y el gol de Cardona ayudaron a subir el ánimo. Al finalizar la semana, el Nobel otorgado a Santos en nombre de todos los colombianos le dio un nuevo aire a la paz.
Pero nada ha logrado borrar los efectos nefastos de la derrota del Sí: frenar la implementación integral de los acuerdos y reencauchar a la extrema derecha. Hábilmente, Uribe se adueñó del resultado, pese a que el verdadero ganador fue el abstencionismo, esa amalgama amorfa compuesta por quienes por indiferencia o incredulidad nunca votan, quienes querían votar pero no estaban inscritos, quienes solo lo hacen a cambio de tamal o teja y uno que otro que por convicción no votaron como rechazo tanto al Sí y como al No.
Al No lo sorprendió la votación. Tanto así que inicialmente Uribe sólo atinó a proponer la amnistía para los guerrilleros rasos y la protección a las FARC, ambas parte del acuerdo que tanto rechazó. La muy ilustrativa confesión de Juan Carlos Vélez confirmó que la campaña del No se basó en mentiras más que en argumentos.
Uribe tardó una semana larga para por fin empezar a medio esbozar algunas propuestas o exigencias u observaciones o cómo se quieran llamar. Desaparece toda alusión a la perorata del castro chavismo, ese fantasma fabricado exclusivamente para engañar electores. No hace mención a la ideología de género que tanto le preocupa al ex procurador Ordóñez y que tampoco tiene nada que ver con los acuerdos de la Habana. Ya no habla de cárcel para los jefes guerrilleros sino de “granjas agrícolas”. Y eso de “no igualar” a los militares con la guerrilla se ha diluido en el “alivio judicial”. Tampoco volvió a hablar de la impunidad, de pronto por darse cuenta que en el acuerdo los únicos que quedan impunes son los ex presidentes.
Cabe la interpretación generosa de que esta nueva versión light de Uribe responde al estirpe de estadista que tiene escondido por dentro. Otra más aguda podría plantear que su deseo verdadero –volver a la confrontación para derrotar a la guerrilla militarmente- ya no tiene aceptación alguna y que el motivo real de su oposición -que a sus amigos no les quiten las tierras que les despojaron a los campesinos desplazados- no se pueda decir.
Lo cierto es que estamos obligados a buscar salidas. Es positivo, por ejemplo, que Rodrigo Uprimny, gran defensor del acuerdo, y José Miguel Vivanco, duro crítico desde el comienzo, coinciden en que parte de la solución está en precisar el alcance de la restricción de la libertad con penas restaurativas.
Lo que sí se debe descartar de entrada es un nuevo pacto de élites a lo Frente Nacional. Es el momento de escuchar no sólo a los del No sino a todos los sectores, incluyendo a los abstencionistas. La apertura de la fase pública del diálogo con el ELN es fundamental, especialmente dada su insistencia en la participación de la sociedad.
Con el Nobel, pese a su carácter simbólico, la comunidad internacional hizo sentir su poderío. Para Uribe el mensaje fue claro: quieto en primera. Tanto así que John Kerry le recordó que ni su gobierno apoyaría aventuras guerreristas.
La actitud serena, sensata pero firme de las FARC ha sido clave y admirable. A pesar de la tormenta, el acuerdo final, fruto de un trabajo serio de más de cuatro años, está demostrando su solidez. En vez de renegociar, el tono ahora parece ser precisar lo acordado. Más que objeciones de fondo, lo que alimentó al No fueron celos y mezquindades. Pero si lo que quieren a cambio de no descarrilar los acuerdos es estar en la foto, por mi, que traigan al fotógrafo.
danielgarciapena@hotmail.com