PARAFRASEANDO, SI LA INTERPREtación del pasado es algo demasiado serio como para dejarlo exclusivamente en cabeza de los historiadores, vale preguntarse, finalizando la víspera del Bicentenario, si ellos están solos con esa tarea intelectual.
Y a renglón seguido repasar la finalidad última de la conmemoración y las actitudes frente al Bicentenario. Esto, en teoría, nos ayudará a recordar la historia de modo más reflexivo, empático e imaginativo, o sea, con efectos duraderos en la conciencia colectiva.
Aunque los historiadores están mejor preparados que los estadistas o los profanos para interpretar el pasado, en realidad dependemos de su comprensión del orden, el conflicto y el cambio en las sociedades; de la dominación y la naturaleza humana, y de sus preferencias valorativas, que informan los marcos de interpretación y las construcciones históricas. Así que lo aconsejable es no depender demasiado de ellos y no dejarlos solos, como ha venido pasando, pues el Bicentenario no es, principalmente, una competencia historiográfica. Es, digamos, una lucha de relatos de nación.
La conmemoración de la Independencia tendría que contar también, en grandes trazos, lo que pasó después en la República, pues es lo que le da sentido a la nueva vida que inauguró la emancipación. Es decir, se necesitan relatos de largo alcance. Esto tiene que ver con para qué servirá el Bicentenario. Dos respuestas relevantes son: para aumentar la conciencia histórica, con un mayor conocimiento del proceso creador de la república y la nación; y para fortalecer la identidad nacional, con un mayor reconocimiento, problemático, de lo que nos ha caracterizado.
Más allá, una finalidad última del Bicentenario sería: contar nuestra historia como la trayectoria más o menos exitosa de un proyecto de sociedad liberal y moderna, que redobla, en los 200 años, su compromiso para alcanzar más rápidamente sus ideales. Casi todo el espectro político-ideológico cabe ahí, y los que no, crean otro relato. En tal batalla intelectual parecen más numerosos los inclinados a interpretar o a contar el fracaso del proyecto de nación, pero se trata de una batalla que es necesario librar (y, de hecho, se está dando).
Aquí entran las actitudes. Están los herederos y los extrañados frente al Bicentenario. El pasado de una nación necesita dolientes, y aunque con frecuencia lo mejor es el olvido, que se da “naturalmente”, el espíritu de los grupos sociales y las instituciones necesita una relación saludable con el pasado. Los “sucesores” de los grupos subalternos han sido llamados a darse o a reclamar un lugar en las “nuevas narrativas de la historia nacional, incluyente y plural”. También los “sucesores” de los grupos dominantes. Han acudido, pero faltan.
Están los “extrañados” con el ruido conmemorativo, porque “no hay nada que celebrar”. Otros se extrañan por que hace 200 años la gente pensaba y actuaba distinto a hoy. Y hay quienes, no tan extrañamente, quieren inventarse “naciones” dentro de la nación y celebrarles independencias aparte. Sin herederos, se haría poco; sin extrañados, tendríamos menos conciencia crítica.