La perspectiva de un candidato único de la coalición de gobierno para la primera vuelta cambiaría muchas cosas.
En política, “nunca es tarde” no funciona como en la vida. Si el presidente Duque arma una coalición de gobierno efectiva 18 meses después, no será lo mismo. El tiempo no alcanzará para las reformas y, con el cambio político territorial de 2019, el fantasma será el “ejemplo AMLO”. El presidente populista mexicano llegó a reversar o “anular” reformas de Peña Nieto.
Puede argumentarse que, con las nuevas circunstancias, antes que gobernabilidad programática se necesita liderazgo político. El gobierno Duque se enfrenta a la perspectiva de dejar que la oposición lo paralice, gane la Presidencia y le convierta su mandato en inane.
La única forma de evitar esto es con liderazgo político, cuyo horizonte ya no puede circunscribirse al 7 de agosto de 2022. Una conversación seria sobre reformas para la gobernabilidad programática concluirá que apenas se podrá avanzar en la fase uno de la agenda.
El liderazgo presidencial y del ministro del Interior va a encontrarse en el proceso de la gobernabilidad programática con los cálculos político-electorales de la sucesión presidencial. De hecho, son un problema previo. Sin una fórmula para que la coalición de gobierno no sea un Titanic, los congresistas tenderán a actuar como piratas (o corsarios).
La fórmula política debe proveer a los partidos de la coalición de gobierno el chance de mantener el poder en 2022. Si son invitados a un gobierno de baja popularidad para que salgan a ser derrotados en las urnas, la representación en el gabinete se convertirá en mermelada, asegurando la derrota en las presidenciales.
Dicho sea de paso, bajo gobernabilidad programática, si Cambio Radical lidera la reforma a la justicia, debe tener la responsabilidad de Minjusticia, no de Mintic. ¿O, entonces, para qué querría determinado ministerio un partido si no tiene responsabilidad política con la agenda del sector?
En cambio, si la invitación contiene la posibilidad de un candidato único de la coalición de gobierno para enfrentar a la oposición en la primera vuelta, la perspectiva cambia completamente. La probabilidad de éxito en mantener el poder sería creíble; la fase uno de las reformas sería eso, no un intento con poco futuro; y los incentivos de comportamiento no serían hacia la piratería.
Y la única forma de lograr esto es con liderazgo político, no solo del gobierno, sino también de los partidos. Los hechos y el péndulo parecen indicar que en 2022 la oposición ganará la Presidencia, a menos que nuevos hechos audaces cambien la dirección probable de la historia. Hay que ampliar el horizonte de dos a seis años para que no primen los incentivos de corto plazo.
Y, claro, el gobierno Duque tiene que fajarse para dejar callados a muchos. Necesita una gran operación intelectual, política, estratégica y programática para mantener a Colombia a salvo del populismo y al tiempo pasar la antorcha de una alternativa de soluciones estructurales a los problemas de desigualdad y pobreza, distinta de la que esbozó Stiglitz en el Hay Festival en Cartagena y de la de Piketty en su último libro de 1.000 páginas.