LO QUE PENSAMOS ES MÁS IMPORtante que lo que comemos (o bailamos).
Hay que recordar esto para evitar que el elogio y el cultivo de la diversidad cultural impliquen un abandono de la construcción de la modernidad. Si la modernidad es el “diseño arquitectónico” de la nación, y la diversidad cultural es como el “diseño de interiores”, pero el edificio tiene un atraso estructural, ¿por qué estamos descuidando lo principal (al menos, en términos discursivos)? Probablemente, por un proceso normal de confusión y decantamiento después del reconocimiento de la diversidad étnica y cultural en 1991.
En conjunto, la Constitución es un compromiso con el proyecto moderno. Su fin claro es, parafraseando a Hobbes, impulsarnos en el tránsito de una “vida solitaria, pobre, primitiva, brutal y breve” (y servil), a una vida autónoma, provista (no que todos tengamos lo mismo), cultivada, larga y libre (para todos). Pueden repasar el Preámbulo. En esencia, confía el proyecto al Estado laico, la democracia, la ciencia, el mercado. Si la modernidad es “inacabable”, ¿cuánto avanzamos en 200 años y cuánto nos falta? El pensamiento en torno a tales preguntas, y los valores afines, deben ser centrales en la “identidad cultural”.
La diversidad cultural requiere una precisión. Si obedece a una “diferencia expresiva” en la música, la gastronomía, la fiesta, las tradiciones (incluso con matices religiosos) y en la memoria colectiva, no convierte en “minorías culturales” a los costeños y a los paisas, por ejemplo, ni a los negros, salvo dos o tres pequeñas comunidades. Si se trata de una “diferencia radical” en valores (no occidentales), una lengua propia, una cosmovisión (religiosa) y un principio de organización social diferente, con reclamos de autonomía política asociada con un territorio dentro del Estado-nación, pues tenemos necesidad de “multiculturalismo”. En Colombia, ni el origen, ni la historia, ni los números poblacionales permiten redefinir la nación en una concepción étnico-cultural (seguimos siendo una “nación cívico-territorial”).
La diversidad cultural, producto de la diferencia expresiva, forma parte de la modernidad, la enriquece, le pone picante y muy difícilmente es contraria a ésta, a menos que se la magnifique para utilizarla políticamente al servicio de visiones que desprecian el proyecto de nación y las ideas que lo sustentan. La diversidad cultural producto de la diferencia radical no es asimilable a la modernidad, pero se busca garantizar su autonomía y reproducción, precisamente para hacer honor al artículo 7 de la Constitución.
El avance del 91 fue reconocer la diversidad, en un marco que establece que “todas las personas (…) gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica”, o sea, en el marco moderno. Somos ambas cosas, modernos y diversos; así que no está bien hacer creer que la identidad cultural viene sólo de lo tradicional que se come, se festeja o se baila, olvidando la importancia de lo que puede ocurrir en el terreno infinito del pensamiento.