Claudia López nos anuncia «más pintas, barricadas y volumen». ¿Sí?
Sin Farc y Eln, ¿se radicalizará o desradicalizará la protesta social? La senadora sugiere que lo primero (en Semana, «Los costos de la democracia»). Es un buen tema para imaginar el «pos conflicto» y pensar con el deseo.
Claudia asocia la «contundencia» de la protesta social a «algo de rabia, resentimiento y anarquismo». Probablemente, los grafitis, las pedreas, los bloqueos de vías no autorizados sí estén relacionados con eso, pero ya estamos acostumbrados. Ella dice que nos tendremos «que acostumbrar». Si lo que viene es más, entonces vale una reflexión.
Lo políticamente correcto ha sido argumentar que los «actos vandálicos» son asunto de grupúsculos extraños a las manifestaciones, que no representan al grueso de los ciudadanos movilizados. Pero Claudia, en cierta medida, los está reivindicando. «Pintar muros no es un acto criminal, es una expresión legítima de protesta social (…) son costos inevitables y necesarios en nuestra imperfecta democracia».
Suena a que las formas que chocan con nociones del público son consustanciales a la protesta y a su contenido. «A los que les disgusta tanto ver las calles llenas de manifestantes y las paredes de grafittis, les digo, sinceramente, que se preparen». Como si no fueran cosas distintas y no se pudiera promover lo uno y desestimular lo otro.
Lo que está pintando Claudia es una radicalización de la protesta social. Una democracia callejera con barricadas, dicho en su estilo. Esto sería sorprendente si la mayor fuente ideológica de radicalización ha negociado acogerse a los pasos de la democracia, lo que supone un giro simbólico y político para tramitar los conflictos por vías institucionales. Justamente, un comienzo de desradicalización.
«Veremos a gente haciendo política con ideas castrochavistas», añade. Sí, seguramente a las Farc, y un poco a Petro, pero Colombia no parece tierra fértil para tales ideas. En una época de redes sociales, medios digitales, creatividad ciudadana, la defensa del grafiti (no artístico) como símbolo de la protesta social resulta anacrónica o, si se quiere, ‘castrochavista ‘.
Pensemos en la protesta estudiantil, que es la sospechosa de siempre de aportarles ‘vándalos ‘ a las demás manifestaciones: muchos grupos proclives a la violencia se quedarán huérfanos, con menos espacio social para pasar de las posiciones maximalistas a las acciones con «rabia, resentimiento y anarquismo». Es probable, entonces, que ocurra una desradicalización en cascada.
El reto es cómo procesar con eficacia las demandas sociales, conocidas y nuevas, a través de las instituciones representativas y participativas de la democracia. Es un indicador negativo de la democracia que las marchas sean un recurso habitual, necesario e ineficaz («hay que organizarle al gobierno una marcha para que firme y seis para que cumpla»). Deberían ser excepcionales y moderadamente eficaces.
Regocijarse por el posible auge de las marchas con grafitis y barricadas, del siglo 20, hiere a los espíritus alérgicos al populismo que preferirían protestas más del siglo 21, senadora. @DanielMeraV