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Pospolarización con giro ideológico

20 de abril de 2018 - 10:30 p. m.

El nuevo gobierno deberá mitigar la polarización sin renunciar a su agenda.

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Las encuestas indican que el próximo presidente será Iván Duque o Gustavo Petro. Este resultado nos mantendría en un esquema caracterizado de Gobierno-oposición, que está bien si funciona la gobernabilidad. Lo que no estaría bien es prolongar el clima de polarización.

El deterioro de las formas, la mentira, la violencia moral, la descalificación del otro, la desconfianza y la paranoia, que probablemente se acentuarán en la recta final de la campaña, tendrán que ser contenidas tras el veredicto de las urnas.

Esa espiral por más tiempo, y ni se diga una impugnación medianamente fundada del resultado electoral, afectarían gravemente la convivencia democrática. La responsabilidad principal de despolarizar será del presidente electo y de la coalición triunfadora.

Es difícil imaginarse a Petro en el rol “despolarizador” como gobernante, por lo que hizo en Bogotá y sus trinos. Con Duque resulta menos difícil creer que lo hará, por su discurso como ganador de la consulta interpartidista y su talante.

Y no se trata de “reconciliación exprés”, como la que equivocadamente pretendieron el gobierno Santos y sus aliados entre los colombianos y las Farc, sin mínima verdad, justicia, reparación y perdón de por medio, asumiendo que estas representaban la Colombia rural o una porción significativa de ciudadanos. 52.000 votos obtuvieron para Senado.

Se trata de remplazar la agresión por el respeto en la esfera pública de dos grandes bloques de colombianos distanciados y tensionados por orientaciones político-ideológicas diferentes. Y de proporcionar la certeza de un gobierno de todos, no de vindicación de unos contra otros.

Nótese que tenemos más polarización política que polarización social. La esfera pública pugnaz e invivible es resultado de clases medias y educadas, no de sectores populares enfrentados en las redes sociales a clases pudientes.

Tampoco tenemos un extremismo alto que pueda impedir despolarizar. En la Encuesta Mundial de Valores de 2005, el 18,4% de colombianos se ubicó en “extrema derecha” y el 3,7% en “extrema izquierda”. En la misma Encuesta en 2012, los valores cambiaron a 11,1% y 4,6%, respectivamente.

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En una escala de 1 a 10, donde 1 es extrema izquierda y 10 es extrema derecha, entre 2005 y 2012, el centro creció de 30% a 36,2%. Al tiempo que el espacio entre el centro y la extrema izquierda pasó de 5% a 8,4%, y el equivalente de la derecha, de 17,2% a 22,2%.

Los siguientes resultados de la Encuesta Mundial de Valores se conocerán en 2020, pero no parece aventurado estimar que las tendencias políticas de los colombianos se mantendrán.  

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Estos valores políticos de Colombia no harían sorprendente que ganara Duque, que es competitivo en el centro y recoge gran parte del ala derecha, gracias a la inconsistencia de Vargas Lleras.

Si ganara Petro, debido a que no representa el sustrato de la personalidad política del país, tendría que repetir su fórmula de Bogotá: recurrir al populismo para consolidar sus bases sociales, sin importar la legalidad, la crispación social y la sostenibilidad fiscal.

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Que es lo que está prometiendo, pues es una apuesta muy dura cambiar la personalidad política de un país. Y Petro lo sabe.

Si gana Duque, ¿cómo haría para despolarizar y al tiempo adelantar su programa de gobierno, que implica medidas que serán resistidas?

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Las formas tranquilas, respetuosas y convocantes, más el diálogo genuino, sin duda ayudarán. El espectáculo de un presidente graduando enemigos y estigmatizando en televisión y en el exterior parece que no se repetirá.

Pero sin duda las buenas formas no bastarán para pasar la página de esta polarización. Los contenidos serán igual de importantes. Los ilusionados por el populismo no deberían sentir que el nuevo gobierno hace poco por los pobres. Los grupos sociales notoriamente a la izquierda no deberían sentir que se les excluye o no se les escucha.

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La combinación adecuada de prioridades de gobierno será un factor estratégico para amainar la polarización (el compromiso entre valores cardinales y divergentes de la sociedad). Es decir, una reconfiguración inteligente del centro político con una orientación definida y coherente. Lo que no se esperaría es un gobierno que en aras de despolarizar no tenga suficiente brújula.

Al fin y al cabo, estamos asistiendo al marchitamiento y a la consolidación de partidos, un hecho de potencial alcance histórico, de décadas.  

@DanielMeraV

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