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¿Sin clases presenciales 18 meses por COVID-19?, pero no estamos preparados para esa conversación

20 de abril de 2020 - 12:00 a. m.

¿Cómo se adaptarían la educación y la sociedad y qué de eso se volvería permanente?

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Como en la frase que es tendencia en redes, “la pandemia del COVID-19 desnudó las fallas tectónicas de la educación y la obligará a cambios de gran calado, pero Colombia no está preparada para esta conversación”.

La semana pasada se habló favorablemente en medios de “que todos pasen el año”, como se decidió en España e Italia, donde habían adelantado gran parte del año académico normalmente, a diferencia de Colombia. “Sin comentarios”.

Es cierto que estamos acostumbrados a que los alumnos sean promovidos de grado sin tener el aprendizaje correspondiente (en demasiados casos, sin saber leer y escribir ni aritmética), pero hay que proteger ciertas nociones. Como que aprendizaje y aprobación son consustanciales.

Para decirlo claramente: mientras no haya vacuna contra el COVID-19 y la vacuna no esté disponible para los colombianos, que son dos cosas muy distintas, no habrá normalidad escolar como la conocíamos. La educación dependerá de la variable epidemiológica y del sistema de salud.

El presidente Duque dijo que “ni bares, ni estadios ni conciertos” hasta en 18 meses, que es un tiempo estimado para la vacuna, su fabricación y distribución, ¿pero sí niños en las instituciones educativas con el riesgo de llevar y traer el virus a los hogares?

¿Clasificará la educación presencial como un riesgo (de contagio) necesario para el funcionamiento de la sociedad, como son la distribución y comercialización de alimentos y muchas actividades productivas? Tal vez no. Y, en todo caso, no será la prioridad.

Deberíamos estar pensando lo que esto implica hasta 2021 para la educación y cómo la adaptación a los tiempos de COVID-19 le introducirá cambios permanentes. En cambio, estamos con pañitos de agua tibia, sin darnos el horizonte adecuado para que el sector sepa cómo enfrentar la crisis.

 Mi idea de “declarar el año escolar como de transición, evaluación, nivelación y experimentación” va en ese sentido. Si vamos a tener un cambio —y pensar que después del COVID-19 volveremos a lo que teníamos es contraevidente y contraintuitivo —, necesitamos una transición, que es la posibilidad de controlar el cambio y evitar que este nos coja a golpes.

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Por ejemplo, Saber 11 del calendario A, aplazado; no se sabe cuándo se podrá realizar en 2020 ni cómo. Eso les pegará duro a los estudiantes de grado 11 y a los procesos de admisión de las instituciones de educación superior, especialmente las estatales, que están obligadas a la selección meritocrática no discrecional.

Es urgente pensar ese problema de forma holística en un marco de mediano y largo plazo, que no tenemos porque todavía no estamos asumiendo como país los escenarios probables por la pandemia.

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Postergar Saber 11 de calendario B no fue traumático por varias razones: son una fracción de los bachilleres del país, habían cursado varios periodos académicos, muchos hacen grado 12, son colegios de alto nivel académico, bastantes presentan pruebas internacionales de bachillerato, las universidades no tienen dudas para admitirlos.

En cambio, en calendario A son más de medio millón de futuros bachilleres. Sustituir el resultado de Saber 11 por calificaciones de grado 10 o de toda la secundaria como medida de admisión resultará en una operación enorme, difícil y costosa.

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Además, inevitablemente bajará la cantidad de matriculados de primer semestre y será mayor el contingente de jóvenes que la educación media expulsará a una economía en recesión. Si se mira el impacto en todo el sistema social, no podemos darnos el lujo de que la educación se piense mirándose el ombligo, sin creatividad y sin visión global para ayudar a salir de la crisis.

Si es cierto que el COVID-19 redefinirá mucho la economía y la sociedad, hay que buscar que la educación no vaya detrás sino a la par y alineada.

 Necesitamos prepararnos para esta conversación.

@DanielMeraV

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