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Dios es maniflojo

11 de enero de 2010 - 07:22 p. m.

LAS MANOS DE DIOS ESTÁN CADA vez más vacías. No sé si mucho, pero sí más. Eso creo después de haber conversado con varias personas acerca de la infidelidad.

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Angelina Jolie me sembró la inquietud al final del año pasado. “Dudo que la fidelidad sea absolutamente esencial en una relación”, dijo a una revista alemana la superestrella de Hollywood. Madre de seis hijos (tres adoptados y tres biológicos), embajadora de buena voluntad de la ONU, exitosa profesional, pareja del despampanante galán Brad Pitt, Jolie es hoy una modelo de individuo contemporáneo: ha reafirmado su personalidad rompiendo muchos esquemas —maritales, religiosos, alimenticios, maternales, filantrópicos, estéticos— sin convertirse en una antisocial.

Jolie es una modelo no porque salga en revistas, ni porque las personas con las que yo hablé quieran ser igual a ella. Es una modelo porque decide cómo quiere ser. Las personas con las que hablé también quieren ser como ellos mismos decidan. Y como personas con personalidades tienen una definición de la infidelidad que le quitan de las manos a Dios. Esto va a decir que en su ecuación de la infidelidad no está presente el contrato sagrado del matrimonio.

¿Ausente Dios muerta la infidelidad? Por supuesto que no. El nihilismo sexual no es una consecuencia necesaria en este caso. El asunto es más complicado.

La fidelidad existe y es el producto de un acuerdo mutuo entre las parejas, específico en cada caso. La falta de universalidad en los acuerdos, por haber sido trazados entre individuos sin supervisión divina, abre un campo diverso para lo que es fidelidad. Sin embargo, no por ello borra  los límites claros de lo que es la infidelidad: cuando se rompen esos acuerdos.

Aunque las modalidades de fidelidad varían, encontré algunos patrones. Están, por ejemplo, las relaciones abiertas con compromiso emocional. Parejas que se permiten relaciones sexuales con otras personas, siempre y cuando sea sexo sin amor. Hay también acuerdos de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Otros, bien personalizados, de “haz lo que quieras con cualquiera, pero si miras a ese (o esa) terminamos”. Y, por supuesto, la aún preferida relación de exclusividad mutua. Todas éstas conviven en familias, noviazgos y maridazgos que se mantienen o se rompen según se mantenga lo acordado en cada caso.

Pensar que esta diversidad allana el camino hacia la perdición y la desintegración social es devolver la fidelidad, y de paso la moralidad, a las manos de Dios. ¿Pero por qué querría uno hacer eso si tiene la opción de decidir por sí mismo? Además, en el caso de las relaciones de pareja, no parece que Dios haya sido garantía de fidelidad en el pasado.

De hecho, que yo sepa, Dios nunca ha sido garantía de nada en la Tierra. Vaya uno a saber entonces por qué alguien le entregaría su destino personal, o más aún el destino de su relación de pareja. Si uno lo piensa así, resulta incluso irresponsable poner cosas en las manos de otros, sobre todo en las de un ser de dudosa existencia.

danielpachecosaenz@gmail.com

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