Enrique Peñalosa y Gustavo Petro mintieron acerca de sus títulos académicos. No es una afirmación que dependa de una opinión, o de la afiliación o antipatía política a ninguno de los dos políticos.
Ambos señores dijeron personalmente en entrevistas, en solapas de libros de su autoría y en hojas de vida, que tenían títulos académicos que no tienen. Hay suficientes evidencias concretas de esto, así ambos hayan incurrido en la doble mentira de negarlo.
En el país de las indignaciones constantes estas mentiras han resonado poco. Tal vez porque no han aparecido en medios masivos de televisión. Los noticieros de los canales privados, Caracol Televisión y RCN, no han hecho mención al respecto. El Tiempo, el diario más grande del país, se ha limitado a publicar la defensa del alcalde Peñalosa, sin hacer un ejercicio de contraste o una corroboración propia de sus mentiras. Incluso este diario, El Espectador, donde fueron publicadas las dos investigaciones que denuncian las mentiras de Peñalosa y Petro, ha optado por publicarlas en su sección de opinión, sin comprometerse como medio de comunicación con las denuncias de engaño.
Quizá parezca que estas mentiras sobre títulos académicos son mentiras blancas, pequeñeces, detalles sin importancia. No lo son. Y no tanto porque estas personas “suplanten con falsedades” lo que tanto esfuerzo les cuesta a otros que sí han hecho el doctorado, como le reclaman en una pretenciosa y obscura carta varios estudiantes y académicos a Peñalosa.
Importa porque la verdad, escasa y elusiva como es, tiene que preservarse al menos en lo más básico. ¿Y qué es lo más básico? Que las cosas que alguien presente como hechos tengan un soporte en la realidad. No hablamos de hechos abstractos, como si uno ha “estudiado para cambiar a Colombia”, como dice Petro. Hechos, hechos. Tiene doctorado, o no.
Los guardianes de estas verdades simples, contrastables, suelen ser los periodistas, especialmente cuando se trata de afirmaciones hechas por personas que aspiran o ejercen a cargos de elección popular. Y lo son por al menos dos razones. Primero, porque cuando están en campaña los políticos nos ofrecen una imagen de quiénes son y qué van a hacer para que les demos su voto. Si esa imagen es falsa, hay un engaño al votante. Segundo, porque lo que un gobernante dice que va a hacer tiene un impacto en la vida de otros. Y si no se le puede creer lo que dice, cómo puede uno estar seguro de qué va a hacer.
Pero en vez de investigaciones periodísticas más profundas, en vez actos de contrición de Peñalosa y Petro, seguimos como si no hubiera pasado nada. Los dos mentirosos acuartelados en sus falsedades, y sobre todo uno de ellos, Peñalosa, el que es alcalde, protegido por el silencio de un sector dominante del periodismo.
Si esto se deja pasar, si los reclamos en blogs y redes se siguen ignorando, no solo estaremos asistiendo a la graduación de impunidad de los “doptores” Peñalosa y Petro. También el periodismo seguirá cavando las trincheras de su intranscendencia.