EL MAYOR OBSTÁCULO PARA ABRIR un debate honesto sobre la despenalización de las drogas es la falta de información; más aún que las convicciones morales conservadoras. Este punto de vista, creo, lo apoya la última columna de Héctor Abad. Nuestra primera tarea, la de las personas que creemos que la despenalización de las drogas es uno de los retos más importantes de nuestra generación, está entonces en explicarle a la gente por qué una sociedad sin prohibición sería mejor para todos, no sólo para los consumidores.
Primero algunas precisiones sobre la columna de Abad y sobre lo que es hoy la política de drogas en Colombia. No es cierto que hoy sea “legal” portar o consumir una dosis personal de drogas. Lo que existe es una “despenalización”. Esto quiere decir que a la gente no la pueden meter a la cárcel por tener una dosis de droga para consumo personal, no que esté permitido consumir drogas en el espacio público. El consumo de drogas en público está prohibido en los distintos códigos de policía y decretos municipales, de forma similar al consumo de alcohol y cigarrillo, y por las mismas razones: porque viola la libertad de los demás. Por lo tanto, no es cierto que alguien pueda aprovecharse de la despenalización de la dosis personal para “meter basuco en las esquinas”. Si este es el caso, como ciertamente lo es en muchos barrios, no tiene nada que ver con la despenalización de la droga, sino con la inhabilidad de la policía de hacer cumplir las leyes que ya existen.
Uno de los problemas de analizar el debate sobre la droga a partir de la dicotomía libertad-orden es que confunde las intenciones de quienes proponemos la despenalización. Además de respetar el derecho a hacer lo que uno quiera mientras no le haga daño a nadie (libertad individual), la despenalización lograría reducir los daños que hoy en día causan las drogas (orden). Habría menos drogadictos, habría menos consumo, habría menos crimen asociado a las drogas, habría menos personas en la cárcel: habría más orden. El punto fundamental de la discusión es que libertad y orden, en el caso de las drogas, se complementan.
“Yo quiero hacer que las drogas sean aburridas”, me decía hace poco Danny Kushlick, miembro de la fundación inglesa Transformar la Política de Drogas. Kushlick es uno de los editores de la más completa Propuesta para la Regulación de las drogas en un mercado regulado hecha hasta ahora. Para él, “la despenalización de las drogas no es un fin en sí mismo, sino un paso necesario en el camino hacia la regulación”. Una regulación en la cual todo el glamur del jíbaro, del traqueto, de las armas, quedaría reducido a la aburrida burocracia del control estatal.
Parece extraño que este sea el sueño de los defensores de la dosis personal. Definitivamente esa no es la idea que tiene la gente del común, o los miembros del Congreso, ni siquiera los forzadores de opinión bien reputados. Nuestra primera tarea es cambiar esta percepción.
Pata: Si usted quiere empezar ya a cambiar percepciones, entre a www.dosisdepersonalidad.com.