A pesar de las canas de más y de los kilos de menos que él le achaca a su gestión en la Procuraduría, Alejandro Ordóñez va por otros cuatro años a la cabeza del Ministerio Público.
Es una lástima. Ordóñez le daría mejor uso a su fineza ideológica como candidato presidencial. Se pondría en una posición más justa para que el país decida si lo quiere. Que sean los ciudadanos y no los funcionarios (que él vigila) los que decidan si darle poder a sus ideas. Porque no tan en el fondo Ordóñez se ha guiado por sus principios personales al desempeñar su función. Lo que está muy bien para un político, pero es problemático cuando se trata de un juez.
En estos tres años que lleva de gestión las canas no han sido exclusivas del procurador. Son varias las cabelleras, de hombres y mujeres, políticos y activistas, conservadores y liberales, que han sufrido por la gestión de un hombre militante en sus ideas, elegante en sus palabras y acucioso en sus fallos contra los funcionarios colombianos.
Nadie le va a negar a Ordóñez que cumplió con hacer llorar al país por los dos ojos. En su persecución de las faltas en la ética pública, Ordóñez se ha guardado pocas lealtades. Piedad Córdoba, Bernardo Moreno, Iván Moreno, Samuel Moreno, Andrés Felipe Arias, Miguel de la Espriella, Habib Merheg y Luis Alberto Gil han saboreado su furia justiciera. A la espada se le acabó el filo con Mario Uribe, pero es apenas una mácula en un ojo por lo demás agudo.
Desafortunadamente el trabajo del procurador no se agota en la lucha contra la corrupción. Como han denunciado varias organizaciones de diversos tipos de derechos consagrados en la Constitución —pero no en la Biblia—, Ordóñez ha sido un procurador abiertamente militante cuando se trata de hacer que algunas leyes se cumplan en el sector público. Su registro en el tema de derechos sexuales y reproductivos es especialmente oscuro, hasta el punto de que hay en la Corte Constitucional una demanda admitida en su contra que argumenta que él mintió sobre la píldora plan B, para defender sus principios y obstruir las leyes.
Este caso, y otros en temas como el consumo de drogas, la tauromaquia y la eutanasia, han dado para apasionantes discusiones públicas que en el fondo los librepensadores tenemos que apreciar. Ordóñez es un soberbio contrincante ideológico, un conservador que seguramente representa la visión de muchos colombianos. Pero desafortunadamente, si insiste en reelegirse como procurador, será un contrincante tramposo. Uno que no admite que tengamos la oportunidad de votar contra él.
A María Jimena Duzán, en Semana, se le quejó con buenas razones: “…a mí, ustedes, los librepensadores, me critican más por lo que pienso que por lo que hago”. Tiene razón procurador. El librepensamiento se dispara en el pie con su intolerancia a los intolerantes. Y hace bien en recordarnos que ser librepensador es mucho más que defender una agenda “progresista”. Desatar el pensamiento es abrirles el camino a todas las posibilidades. No cierre las suyas, láncese a la presidencia.