El mayor éxito del Plan Colombia es que funcionó para lo que no estaba pensado inicialmente, y fracasó en su objetivo principal.
El Plan Colombia demostró que el problema principal del país, el que nos tenía “al borde del abismo”, eran sus instituciones débiles, y no el ser uno de los principales centros de producción de cocaína del mundo. Sin avances sustanciales en la lucha contra el narcotráfico (hoy de nuevo somos el primer productor de cocaína del mundo), el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas fue una condición necesaria para no fracasar como nación. Parece obvio hoy, pero aparentemente no le era tanto hace 15 años. El Plan Colombia demostró que se puede fracasar en la lucha contra las drogas y tener éxito en fortalecer la institucionalidad, por imperfecta que aún sea.
Por eso, reducir esos avances a los 10 mil millones de dólares que invirtió Washington en los pasados 15 años es injusto e incompleto. Más que estirar el brazo para sostener un sombrero que año tras año Washington llenaba de dólares, lo que se logró fue una profunda alianza política y militar, cimentada en lazos de confianza y objetivos comunes. Una alianza forjada por el sacrificio que los gringos vieron de parte de los colombianos, especialmente de militares y policías, por la seriedad del trabajo burocrático de los distintos gobiernos, y por la acción de una sociedad civil preparada para controlar y denunciar cuando las cosas no iban bien.
Ahora que se habla del pomposo relanzamiento de un nuevo Plan Colombia, los últimos 15 años tienen varias lecciones.
Primero, el Plan Colombia de hoy ya es muy distinto al que lanzaron Clinton y Pastrana, y relanzaron Uribe y Bush. Aunque según las cifras de WOLA, la organización que ha hecho el mejor seguimiento a esta iniciativa, el componente militar ha absorbido el 71% de los fondos entregados a Colombia, esta relación ya cambió y se ha nivelado a casi la mitad de los fondos anuales para desarrollo rural y apoyo en el fortalecimiento de la justicia. La clave del nuevo Plan es que continúe esta tendencia: más plata para desarrollo y justicia, y menos para los militares.
Segundo, aunque a los republicanos haya que aflojarles el bolsillo diciendo que este es un plan para luchar contra el narcotráfico, los gringos deberían olvidarse del problema de la coca. Ya se gastaron miles de millones en fumigaciones inefectivas, que dispersaron las áreas de cultivo, y les llevaron la guerra a comunidades donde el conflicto no tenía una alta incidencia (como Cauca y Chocó). Un enfoque integral en el desarrollo rural debería, con el tiempo y con una fórmula diseñada en Colombia, reducir a sus justas proporciones el problema de la siembra de coca.
Tercero, el fortalecimiento de la alianza militar con EE. UU. debería dejar de medirse en dólares y pasar al de la transferencia de capacidades de guerra de punta. Colombia no puede depender de EE. UU. para tener helicópteros, pero sí tiene al mejor socio del mundo para adquirir, por ejemplo, drones con capacidades ofensivas.
Al final, cuando Santos vuelva de Washington en una semana, el éxito del nuevo capítulo de la relación con EE.UU. se podrá medir mejor en la sinceridad del apretón de manos con Obama, que en cuánto traiga el presidente en el bolsillo.
@danielpacheco