El rebranding no es una palabra que aparezca en las cartillas revolucionarias.
Pertenece a otro mundo. Uno más bien opuesto. El de la publicidad, la sociedad de consumo, las empresas privadas. Es de casta, denunciarían ellos, neoliberal. Y en efecto trata sobre cambiar esa primera mirada en un mundo saturado de marcas. Es un asunto superficial, pero no por ello menos importante.
Un rebranding está en el primer orden de prioridades de la guerrilla en este año que comienza. Un año de transiciones no solo en lo que respecta a la justicia, sino a la imagen y la acción política.
La cosa no será tan fácil como conservar el mismo nombre y dibujar una iguana que se enreda en las letras de una empresa petrolera. Ecopetrol pudo salirse con la suya al enverdecer su alma negra gracias a la engañosa casualidad tras las siglas de Empresa Colombiana.
Las de las Farc-ep, por otro lado, están tan cargadas de plomo gris que sería inútil envolverlas en un corazón rosado. Hay mucha belicosidad ahí, como es natural en una fuerza insurgente. Fuerzas. Armadas. Ejército.
Es entendible la nostalgia por conservar una marca que ha resistido embates de seis décadas, y muchas otras siglas, con una cohesión admirable. Desde la operación LASO, pasando por Casa Verde, el Epl, las Auc, el Plan Colombia de los EE. UU., la Seguridad Democrática y las bombas inteligentes que le dio la CIA a la FAC. Por supuesto la guerrillerada, que ha portado estas siglas entre el barro y el monte, ha de estar encariñada.
Explicarían los publicistas al otro lado de las montañas de Colombia que ciertamente hay una envidiable recordación de marca, un posicionamiento de hondo calado en el mercado de las ideas, incluso un lugar ganado en la esfera internacional.
Una opción sería aferrarse a las siglas de marras y cambiar las palabras que hay detrás. Sería una apuesta a la ignorancia de los colombianos (apuesta que generalmente paga) a la sazón de: Federación Amada Reformista Campesina-Empresa Patriótica, FARC-EP. O el más candoroso Familias Andinas Resentidas del Campo- Estamos Putos, FARC-EP.
Pero seamos serios, al final si las Farc se siguen llamando las Farc, tendrán que soportar a Uribe en los años por venir diciéndoles peyorativamente La Far. Más allá de que muchos no sepan las palabras detrás de las siglas, la expresión está cargada de, primero, violencia, y segundo, lo que el académico Daniel Pécault describe como el “ascendiente introvertido” que les legó su máximo líder, Manuel Marulanda.
Toda la idea del rebranding es salir de las oscuridades de la clandestinidad, aprovechar el trampolín del proceso de paz, la tarima, los buenos oficios del papa y de Barack Obama, y darle la vuelta a lo que eran las Farc. Necesitan es lanzar un nuevo partido político de izquierda que perdure y, por qué no, algún día gobierne.
Yo desaconsejaría volver a la Unión Patriótica. Demasiada historia de sangre y ecos de la combinación de formas de lucha. ¿Por qué no pensar en algo totalmente nuevo, con algo de malicia, irreverencia, que conserve su rebeldía, su talante campesino, pero con un nuevo sentido del humor democrático?
Poco han dicho al respecto sus líderes desde La Habana. Tal vez estamos ya en modo de campaña de expectativa.