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Farandulicemos la política

03 de febrero de 2014 - 10:02 p. m.

Si la crisis de los aprtidos es la crisis de la política, o al revés, es una cuestión que tendrán que resolver los académicos.

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Muchos han escrito al respecto en los últimos días. El problema real se refleja en el abstencionismo cercano al 50%, en el voto en blanco liderando encuestas y en la física mamera que producen las elecciones entre los ciudadanos. No es un mal propio de Colombia, pero en nuestro país es tal vez más acentuado.

Sin una ciudadanía activa, los cargos de elección popular se reparten en su mayoría a barones con votos amarrados y prácticas corruptas. Con políticos corruptos en el poder crece la indiferencia ciudadana y avanza un lento círculo vicioso de desafección con el poder, sin una promesa de cambio.

Ni siquiera en momentos de alta polarización, como justo después de la destitución de Petro, se han dado movilizaciones realmente significativas. Digamos, siendo generosos, que Petro llevó 50.000 personas a la Plaza de Bolívar. Esto es menos del 1% de la población bogotana. Menos del 10% de los que votaron por el alcalde. Un populismo sin pueblo tiene Colombia.

Contra este desasosiego democrático se han recetado varios remedios. Mauricio Vargas lidera el usual llamado a volver a las ideas. La política de propuestas, sin embargo, suele suscitar tantos bostezos como el discurso del estado de la Unión de Obama en EE.UU. Y si bien una política sin propuestas para los problemas más puntuales de la gente carece de razón de ser, ya muchas veces hemos oído de promesas interminables que nunca se cumplen. “La brecha entre nuestro poder real y lo que la gente espera de nosotros es la fuente de presión más difícil que cualquier jefe de Estado tiene que lidiar”, le dice Fernando Henrique Cardozo a Moisés Naím en el libro del venezolano sobre la crisis del poder. Sus palabras son una advertencia contra las campañas que inflan las expectativas, para luego desencantar por las dificultades propias del ejercicio del gobierno.

Una receta alternativa, poco discutida por el pudor natural que produce entre los políticos, es farandulizar el poder. En vez de institucionalizar los partidos, personalicemos en serio la política. La gente no quiere manifiestos, sino historias de vida. No quiere argumentos, sino emociones. Para lograrlo se necesitan reformas institucionales en la forma como se regulan las campañas, permitiendo, por ejemplo, la publicidad negativa, una herramienta imprescindible para caracterizar a los contrincantes y ponerle picante al debate electoral.

Los medios de comunicación tendrían que jugar un papel importante, derribando las reglas silenciosas que protegen la intimidad de los personajes públicos. Y finalmente los políticos necesitan ser más arriesgados y generosos con sus electores. Tienen que abrir las puertas de sus casas, invitar a los ciudadanos a conocer a las personas de carne y hueso que piden nuestro voto y ejercerán nuestra representación.

Si hoy no hay altura en el debate político, sería de esperarse que en la política farandulera lleguemos a puntos mucho más bajos y superficiales. Una garantía de mayor efervescencia ciudadana para una democracia adormilada ante la repetición de lo mismo de siempre.

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