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La complejidad del mal

30 de septiembre de 2013 - 06:00 p. m.

Este fin de semana terminó la odisea de Walter White, el profesor de química de colegio que en 62 capítulos de la serie de televisión gringa Breaking Bad se convirtió en un despiadado narcotraficante de metanfetamina.

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La crítica la está llamando la mejor producción de televisión de la historia. 

“¿A quién crees que estás mirando?”, le pregunta Walter a su esposa, preocupada porque cree que el pequeño negocio de producción de anfetamina que comenzó en una casa rodante se le está saliendo de las manos. “Alguien va a golpear en la puerta un día, y cuando abras, te van a disparar”, le dice ella, una ama de casa algo inocente, que lleva casada 18 años con un tipo reservado, brillante, pero al que todo el mundo le pasa por encima. 

“¿Sabes cuánto gano al año?” Pregunta el ya no tan tímido Walter White. “Incluso si te lo dijera no lo creerías. ¿Sabes lo que pasaría si dejo de trabajar? Un negocio que podría estar listado en la Bolsa de Nueva York se iría a pique. Desaparecería, dejaría de existir: no sabes a quién le estás hablando”.

Más que una historia de plata fácil, Breaking Bad un relato de transformación. Aunque por encima —incluso desde el título, que con algo de licencia podría traducirse como El patrón del mal— la trama de la serie podría caber dentro del género de la narconovela colombiana, es la complejidad de los personajes, y no sólo el morbo de lo ilegal, lo que ha convertido a esta serie en objeto de culto en Estados Unidos. 

“No estoy en peligro, Skyler: yo soy el peligro”, le dice Walter a su esposa que abre los ojos y empieza a descubrir al hombre que silenciosamente, a través de una maraña de mentiras y manipulaciones, ha dejado de ser el débil profesor de química que antes trabajaba en un lavadero de carros por las tardes para completar el sueldo.

“Un tipo golpea en la puerta y le dispara al que abre, ¿y tú piensas que es a mí?”, le pregunta Walter indignado, cuando finalmente decide reclamar la nueva personalidad que se ha liberado desde sus profundidades más oscuras. 

Walter White nunca estuvo destinado al crimen. Su madre nunca le dijo “el día que haga algo malo, hágalo bien hecho”, no es un relato de violencia patológica, ni de ambición sin sentido, ni de falencias profundas en la moral de una sociedad. El despertar de Heisenberg, el alias en el mundo criminal de Walter, dura a penas dos años, desde que es diagnosticado con cáncer, y entonces pierde el sentido de obligaciones y consecuencias que encierra la vida común y corriente de todos nosotros.

“¡No! ¡Yo soy el que golpea!”.

Cuando Breaking Bad y El patrón del mal se ponen lado a lado, la ventaja la sacan los gringos no sólo por la producción, las cámaras y la actuación, sino porque la buena ficción es mejor que la imitación de la realidad.

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