Recibí la noticia del atentado en el centro Andino en el campamento donde las Farc anunciaron que van a hacer su dejación final de armas en una semana. En la zona de concentración más grande del país, con alrededor de 700 guerrilleros, en el municipio de Mesetas, en el Meta, donde Santos y Timochenko supuestamente se darán cita para hacer el acto final de desarme.
Con la noticia del petardo empezaron a circular fotos de las mujeres heridas en chats de periodistas. Fotos explícitas, desgarradoras. Los guerrilleros que nos oían hablar con consternación sobre la información que iba llegando —una persona muerta confirmada, luego otra, luego otra, el explosivo en un baño, llamadas de familiares y amigos avisando que estaban bien— se veían perdidos.
No entendían la magnitud de lo sucedido. No sabían qué era el Andino, por supuesto. La simbología del lugar, del día y del modo les pasaba por encima. Ni siquiera los golpeó el impacto de las potenciales consecuencias del atentado sobre el proceso de paz, sobre el acuerdo que para ellos, en una zona veredal, tiene una importancia existencial. No era indiferencia, no era falta de solidaridad o simpatía, era mas una desconexión, una distancia enorme, una fractura con nuestra realidad que hasta ahora se hacía evidente por estar en la realidad de ellos.
En un intento por ponernos del mismo lado, les mostré las fotos de las mujeres heridas. Al ver cómo veían las imágenes de cuerpos desgarrados, de charcos de sangre, de caras desahuciadas, me di cuenta de que ellos habían visto escenas similares, pero no en fotos. Uno de ellos comentó con frialdad médica las heridas. Hubo rememoranzas de bombardeos, de heridos suyos, de un pasado cercano en el que sus muertos no tuvieron nuestra simpatía, y en cambio fueron celebrados y exhibidos como trofeos.
Eran, por supuesto, muertos distintos. Unos inocentes y otros combatientes; unos civiles, otros en armas. Pero esa, en últimas, es una fractura artificial. Porque la sangre es la misma, las pérdidas igual de irreparables. En ese sentido, la presencia de la muerte es universal.
Desde el lugar donde ese artificio será finalmente retirado, desde el campamento de Mesetas, donde ellos terminarán de dejar las armas, es evidente que falta mucho para cerrar la fractura que aísla las simpatías entre colombianos. Pero al menos habrá un obstáculo menos para enfrentar a quienes insisten en utilizar la muerte para dividir.