Después de años de oír de la infame hacienda El Palmar finalmente fuimos. El Palmar era la hacienda donde tuvo su centro de operaciones Rodrigo Mercado Peluffo, alias Cadena, uno de los jefes del bloque paramilitar que reinó en la región de los Montes de María entre finales de los 90 y el 2004, y al que se le atribuyen 6.686 víctimas en el Sistema de Información de Justicia y Paz.
En la región de San Onofre, El Palmar también se conoce con el nombre de El Caucho, por el imponente árbol que hoy, en medio del abandono, consume con sus ramas y raíces la casa donde Cadena torturaba a sus víctimas. Años después, la Fiscalía recuperó más de 70 cuerpos de fosas pequeñas, luego de que hombres y mujeres fueran descuartizados y enterrados. Otros cientos, dicen, fueron engullidos por un enorme caimán que vivía en uno de los lagos de la hacienda. La crónica de la visita la hizo bien Pascual Gaviria hace unos días en estas páginas de opinión.
No sé aún por qué fuimos. ¿Curiosidad, morbo, sentimiento de culpa? Un poco de todo lo anterior. No deja de ser problemático: quitarse la pantaloneta y sacudirse la arena de la playa, interrumpir las vacaciones, ponerse pantalones y zapatos para hacer turismo del pasado de violencia, y luego ponerse la pantaloneta otra vez y lavarse en el mar el sufrimiento ajeno.
Más problemático aun: queda no con ideas varias de cómo debería recordarse lo que pasó.
El Gobierno, a través del Centro de Memoria Histórica, y varias organizaciones locales, nacionales e internacionales han apoyado varios proyectos de memoria en los Montes de María. María Emma Wills coordinó un informe detallado del Centro de Memoria Histórica sobre la violencia de género de Cadena contra miles de mujeres, sobre quienes hubo una regulación estricta y arbitraria de su vida privada y pública. Varias organizaciones de la zona han crearon un museo itinerante de memoria, que recoge testimonios y teje historias sobre ese pasado oscuro, ya en proceso de desvanecimiento luego de una década.
Pero bajo la sombra de el Caucho, en medio de las ruinas de la hacienda El Palmar, sólo se palpa olvido. Parece injusto que en ningún lado haya un hito para recordar lo que ahí sucedió, los nombres de quienes ahí murieron. Algo para poner de presente ese pasado oscuro cuando en un rincón de Colombia, a 15 minutos de donde cachacos de Medellín y Bogotá disfrutaban del mar, murieron injustamente cientos de personas.
En Colombia debe haber, tristemente, decenas de Palmares siendo lentamente reclamados por la maleza. O peor, otros en donde nuevas casas y nuevos pastos, con nuevos dueños, han decidido tumbar y construir de nuevo, como en la hacienda Nápoles.
Y puede que la gente que vivió en carne propia la violencia recuerde siempre los horrores debajo de las remodelaciones, o de la maleza. Pero la falta de espacios físicos de memoria, de monumentos permanentes de los horrores pasados, es quizá demasiado complaciente con quienes desde el principio tuvieron una actitud flexible y se hicieron los de la vista gorda… Como casi todos nosotros.