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Memorias de un guerrillero gringo

12 de octubre de 2015 - 09:00 p. m.

John Brown fue uno de los guerrilleros más célebres de Estados Unidos.

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Un campesino blanco abolicionista, fanático cristiano, Brown cometió sangrientas masacres y se alzó en armas contra el Gobierno federal para acabar con la esclavitud. Sus hazañas insurgentes, a mediados del Siglo XIX, fueron precursoras de la guerra civil estadounidense, el conflicto interno más sangriento que ha vivido el continente americano.

Por estos días, la toma liderada por Brown de Harpers Ferry —un pequeño pueblo del estado de Virginia donde el Gobierno federal tenía una armería—, está por cumplir 156 años. En la madrugada del 16 de octubre de 1859, con 59 años, Brown dirigió una cuadrilla de 21 hombres con el objetivo de capturar el depósito de armas del pueblo. Además de dos de sus hijos, 16 hombres blancos y cinco negros siguieron a Brown en esta cruzada destinada al fracaso. Desde Harpers Ferry, Brown esperaba regar la voz de que tenía en su poder cientos de armas y provocar una insurrección de esclavos de los alrededores, armarlos, y eventualmente forzar al Gobierno federal a acabar con la esclavitud.

El fanatismo de Brown era proporcional a su ingenuidad. Nunca hubo insurrección, las tropas federales retomaron a la fuerza la armería, y los asaltantes que no murieron en la fallida operación fueron juzgados y colgados, incluyendo a Brown.

Hace poco visité Harpers Ferry. El pueblo de no más de 300 personas está construido donde el río Potomac se encuentra con el Shenandoha. En algunas casas sobre el banco del Shenandoha, que baja de las cordillera de las Apalaches, vuelan aún las banderas confederadas al lado de las camionetas de platón parqueadas frente a porches maltrechos. Recuerdos de ancestros que murieron luchando para mantener la esclavitud en la guerra civil.

Pero son las hazañas de John Brown, muerto hace mucho, las que todavía le dan algo de vida a este lugar estratégico en siglos pasados, hoy relegado a reliquia histórica y centro de peregrinación del movimiento negro de los derechos civiles.

El Museo John Brown queda frente al Fuerte John Brown, y a dos cuadras del Museo de Cera John Brown. Este último es una casa derruida con figuras de cera que más parecen de papel maché. Por siete dólares uno puede ver escenas que recrean, entre otras, la masacre de Potawattomie, cuando Brown ordenó a dos de sus hijos ejecutar con espadas a cinco esclavistas indefensos de Kansas, y luego remató de un tiro en la cabeza a uno de ellos.

En otra casa de Harpers Ferry dedicada a la memoria las voces negras, grupos de derechos civiles evocan otras historias que le dan contexto a la vida y muerte de John Brown. Un cartel recuerda que en 1859, el año de la toma, cuatro esclavos valían $1.400; más o menos lo mismo que una casa, 21 caballos o 46 relojes.

Al dejar Harpers Ferry, uno queda con la sensación de que, tras 150 años, Estados Unidos no ha podido decidir qué hacer de la memoria de John Brown. Tal vez sólo necesita no olvidarlo.

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