LA PROMESA DE LAYAR, UNA APLIcación para teléfonos inteligentes, es darles a los usuarios una experiencia de "realidad aumentada".
Al apuntar la cámara del teléfono hacia la fachada de una calle, por ejemplo, aparecen sobre la pantalla los nombres de los locales, avisos de promociones de descuentos en las tiendas, o el menú del día en los restaurantes.
“Mirarán en una pantalla de computador y verán la realidad”, predijo en los noventas David Gelernter, en su libro Mundos espejo. La idea de Gelernter, un profesor de ciencias computarizadas de Yale, está siendo revisitada con mucho entusiasmo a raíz de los avances de la tecnología para capturar información del mundo real. Los mundos espejo de Gelernter son realidades virtuales que se alimentan del mundo real, en tiempo real. Espejos digitales de la realidad.
Las posibilidades de esta tecnología prometen incrementar la efectividad de los servicios médicos, de los servicios públicos, y el uso de infraestructura física en ciudades enteras. En el mundo digital algoritmos complicados pueden reaccionar a la información del mundo real y tomar decisiones en segundos. Aumentar el tiempo que un semáforo está en verde de acuerdo con mediciones de cuántos carros se acumulan en la fila. Cambiar la dosis de medicina que un paciente toma de acuerdo con los cambios que los sensores perciben en su cuerpo. Detectar dónde están las fugas en el sistema de tubos que transporta agua en las ciudades, y reconfigurar la potencia de las máquinas de bombeo para evitar mayores pérdidas.
The Economist afirma que la Ley de Moore, según la cual la capacidad para procesar información de un chip de computador se duplica cada dieciocho meses, también aplica a los sensores. Esto podría traer beneficios ambientales gigantescos —se calcula que las empresas de agua en el mundo pierden entre el 50 y el 25% del agua en fugas— y también una nueva forma de experimentar las relaciones con otros.
Tal vez dentro de poco tiempo uno pueda apuntar su celular a la cara de una persona desconocida y sobre la pantalla aparecerá su perfil de una red social. Tal vez al preguntarle si quiere ser mi amiga, el teléfono reconozca su voz y su permiso y me dé acceso automático a su perfil completo. Antes de seguir la conversación podré averiguar si es casada o soltera, si está interesada en hombres o en mujeres, qué cosas le gustan, y qué amigos en común tenemos.
Y aunque habré pasado más tiempo mirando la pantalla del celular que la cara de mi nueva “amiga”, para cuando demos el segundo paso en la conversación nos habremos ahorrado las fricciones que implica arrancar de cero. También efectividad en las relaciones interpersonales.
Aquí estoy tentado a hacer una reivindicación de la realidad real, de los buenos viejos tiempos cuando el sensor de las relaciones era una mirada profunda a los ojos de la interlocutora.
Sin embargo ante la posibilidad real de estar frente a una primera cita que tiene su celular apuntándome a la cara, detestaría quedarme sin pila.