¿Es el 2019 el año de la resistencia? Entre los defensores variopintos de lo que va de las “ideas liberales” a las “agendas progresistas” esa parece ser la consigna de año nuevo. La posesión de Jair Bolsonaro en Brasil ha generado este año una agitación temprana —para muchos en la forma de un estremecimiento de hamaca vacacional— alrededor de la pregunta sobre cómo debe la izquierda y el centro liberal reaccionar a la ola de autoritarismos populistas de derecha en América Latina, entre los que algunos en Colombia cuentan el aún incipiente gobierno de Duque. La preocupación curiosamente llega al mismo tiempo que la dictadura de izquierda más larga del continente cumple 60 años en Cuba, y su engendro venezolano arranca un nuevo ciclo de gobierno antidemocrático con la toma de posesión de Nicolás Maduro.
Más allá de si este existencialismo está extraviado —una acusación que responden desde la derecha quienes ven en los últimos años un progreso y no un retroceso—, es interesante preguntarse si la resistencia es efectivamente la mejor respuesta para quienes se sienten agazapados. ¿Una resistencia a qué, exactamente? ¿Una resistencia cómo?
Hay varias respuestas. Gustavo Petro, la voz de la izquierda en Colombia, propone una resistencia al “fascismo”. Para Petro la resistencia es a la anulación de la democracia, la colombiana, la brasileña, y a veces pareciera que todas donde son elegidos los candidatos que a él no le gustan. Gran demócrata. ¿Y la resistencia cómo? En la forma de movilizaciones populares más que agitación electoral (tal vez por la lejanía de la imagen de su cara en un tarjetón). Movilización de las llamadas “ciudadanías libres” en defensa de la democracia, resistencia para no perderlo todo. Una resistencia que se asume desde la falta de democracia, y en ese sentido, tiene unas barreras borrosas y no obedece del todo a las reglas y límites —parecería y está por verse— del Estado de derecho.
Por otro lado, desde el centro liberal la respuesta parece ser más selectiva. Para Sandra Borda, en su columna en Arcadia, el peligro no es la pérdida total de democracia, sino la paradójica deformación, a través de ella, de los principios liberales que la fundamentan: “las derechas nos proponen sustituir el liberal garantista de derechos por un discurso con sustento en lo religioso”. La resistencia se plantea entonces en contra de un discurso discriminatorio de minorías, porque “del uso del lenguaje al hecho hay poco”, dice Borda. ¿Resistencia cómo? Aquí las respuestas vienen en menú de preguntas: ¿apropiándose más del discurso de los derechos? ¿Victimizándose? ¿Cruzándose de brazos a esperar que pase la pesadilla? Como sea, se trata de una agenda de activismo acotado para defender a las minorías en el marco de una democracia amenazada de verbo.
Al final, más allá de las virtudes, limitaciones y peligros propios de estas agendas de resistencia para el 2019, extraña uno al menos una reflexión del liberalismo y la izquierda sobre las posibles equivocaciones que nos trajeron a donde estamos hoy. ¿Por qué, después de tanto progreso, llegamos a este retroceso? Esa parece ser la pregunta ausente en medio de la resistencia. Si tanto avanzamos en el discurso (tanto que estábamos en la dictadura de lo políticamente correcto), ¿por qué las promesas, incluso para minorías como las brasileñas que participaron en la elección de Bolsonaro, no se materializaron en hechos? Incluso en un 2019 de resistencia, un poco de autocrítica no debería ser interpretada como claudicación.