El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Seremos uno para siempre

26 de enero de 2009 - 11:00 p. m.

CUANDO LEÍ LA NOTICIA SOBRE LA captura de cinco gringos que hacían turismo en un laboratorio falso de cocaína cerca de San Agustín, me golpeó la idea de que la cocaína es típicamente colombiana.

PUBLICIDAD

A diferencia de lo usual, e incluso con más ahínco que lo característico, lo típico de un lugar se convierte en una parte de su ser. Si se lo remueve, el lugar cambia, deja de ser el mismo y debe emprenderse una nueva búsqueda de algo típico que lo identifique y lo diferencie de otros lugares.

En Colombia han sido muchos los hechos y personajes que han participado en la tipificación de la cocaína. Además de los obvios, como que nosotros producimos el 80% de la cocaína del mundo, Pablo Escobar y Carla Bruni, en esta cruzada ponen muchos granitos de arena los más acérrimos enemigos de esta droga. Los gobiernos colombianos de los últimos 15 años, por ejemplo, han basado sus relaciones internacionales en la búsqueda de cooperación para luchar contra la cocaína. Estos derroches de legítimos esfuerzos tienen un efecto doble. En el ámbito internacional, informan a todo el que no sabía de la magnitud del problema que el país afronta y, así sea para decir “Colombia aumentó las incautaciones de cocaína”, pegan el nombre de nuestro país al lado del de la droga. En el ámbito interno, e irónicamente cuando los esfuerzos son más exitosos, vemos que los millones de dólares en ayudas son inocuos para la erradicación de la cocaína, lo que nos lleva a percibir que Colombia y cocaína seremos uno para siempre.

De todo esto surge un sentido de lo trágico que podría explicarse por la aparente falta de moralidad de lo típico, en cuanto se apropia de un lugar sólo por lo característico, sin fijarse en si es bueno o malo. Colombia, bajo esta perspectiva, es presa de una calamidad: “La mata que mata”,  la plaga incurable que habremos de padecer para siempre con vergüenza y venganza.

Meteremos a los campesinos que siembran coca a la cárcel, penalizaremos la dosis personal y extraditaremos a los narcotraficantes. Así toque, nos enfrentaremos a muerte a estos millones de personas que tienen que ver con la droga, mientras la lucha por el bien justifica nuestra típica tragedia nacional.

Pero a este razonamiento se le puede dar la vuelta. Si en efecto lo típico se nos impone sin moralidad, podemos ser nosotros los que la construimos. Creo que pensar en esto es importante, porque como se trata de un problema moral, permite abordar el asunto del narcotráfico sin llegar al punto muerto de las leyes que lo prohíben (o legalizarían).

Lo primero para avanzar en este sentido es abandonar los moralismos simples. Un buen comienzo sería aclarar dos cosas. Primero, que la coca no es “la mata que mata”; matan los guerrilleros, paracos y narcos que utilizan las armas para proteger su negocio ilegal. Segundo, que los campesinos cocaleros y consumidores de cocaína no son criminales.

Estos son pañitos de aguas tibias, pero tal vez ese es el remedio más indicado para un problema que se agrava cuando se ve en blanco y negro. Y aunque siga existiendo una línea moral frente a lo típicamente colombiano, y con ella una cierta tragedia nacional, seremos más los que, consumidores, ciudadanos y campesinos, nos paremos frente a los verdaderos asesinos.  

danielpacheco@hojablanca.net

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias