En los libros de historia hay páginas blancas esperando a ser llenadas.
Cuelgan como frutas jugosas, a la vista de todos, llenas de la pulpa de la perennidad. Suelen estar rodeadas de afiladas espinas, obstáculos infranqueables que hacen aún más preciado el premio a quien las logra cosechar.
El fin del conflicto colombiano es una, por ejemplo, que ha dejado manos picadas a lo largo de la historia nacional. En América no hay fruta más preciada, página en blanco a la espera de un inolvidable nombre, que la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
Aunque resulta desesperante, Cuba ha sido el país del continente, fuera de Estados Unidos, que ha tenido la mayor relevancia en los sucesos de la historia moderna. Cuba fue el vehículo de influencia de la Unión Soviética sobre prácticamente todas la insurgencias que han marcado la sangrienta historia de la democracia en América Latina. Cuba, su espíritu y su promesa, está viva en el chavismo, para bien o para mal, la fuerza política más dinámica del continente en la última década.
Sobre todo, la isla de apenas 11 millones de habitantes fue protagonista de la crisis de los misiles de 1962, cuando el mundo estuvo al borde de la destrucción nuclear. Este hecho sería el detonante para la institucionalización del embargo como política de Estado de Washington, y la inclusión, vigente todavía, de Cuba como uno de los estados promotores del terrorismo, junto a Corea del Norte, Siria e Irán.
Más de medio siglo después de la caída de la cortina de hierro, y por esas cosas de la historia, ha sido imposible alterar el rumbo. El senador Jeff Flake, un republicano que quiere terminar el embargo, cuenta que lo llamaron a la Casa Blanca de Obama para explicarle por qué era imposible intentar algo nuevo. Flake recibió una respuesta de una palabra: Florida.
El recuento de Flake tuvo lugar la semana pasada en Washington, durante la publicación de una encuesta comisionada por el Atlantic Council, un centro de pensamiento sobre las actitudes de los estadounidenses hacia Cuba. El estudio de opinión, uno de los más completos sobre este tema, arrojó resultados sorprendentes.
El 57% de los estadounidenses favorece cambiar de política hacia Cuba. Esta cifra sube a 63% en la Florida. Incluso entre los republicanos, una mayoría escueta está de acuerdo con dejar atrás la política de aislamiento diplomático y económico. “Si dependiera del voto popular, se acabaría el embargo”, sentenció el senador demócrata, Patrick Leahy, también presente en el evento.
El fin del embargo, la presencia de Cuba en la OEA, sería una bofetada a quienes insisten en dibujar la democracia en blanco y negro. Los radicales republicanos de la Florida; los burócratas cobardes de Washington; los uribistas polarizantes de Antioquia; los castristas anquilosados de La Habana; y los chavistas delirantes de Caracas, verían caer muchas de las estructuras rígidas que les permiten infundir miedo y mantener el statu quo.
Megalómanos de América, líderes con ínfulas de permanencia: la fruta está madura, y cuelga un poco más bajo de lo que pensábamos.