EL PROCESO DE LA HABANA HA SIDO como la dispendiosa organización de una foto en grupo. Hay que llamar a todo el mundo, convencer a los tímidos, controlar a quienes tienen afán de protagonismo, encuadrar para que no se quede nadie afuera. Ha sido, y es, un proceso largo. Una pose sostenida de sonrisas impostadas y ceños fruncidos artificiales de más de tres años esperando el anhelado flash final.
Más allá de este show, dominado por los intereses y las estrategias naturales de un proceso de negociación donde las partes quieren sacar ventaja, los medios asumen su papel de escarbar para ver las caras reales que esconden esas máscaras. Están detrás de la cámara, fuera de la foto, pidiendo que cada parte asuma su responsabilidad, para presentar una imagen que se parezca lo más posible a la verdad. Una foto final que revele lo que todos hemos intuido: en el conflicto en Colombia todos tienen una cara fea y hay héroes. El Gobierno, la guerrilla, los militares, los empresarios, los partidos, los sindicatos, todos salen mal. Esa imagen, piensa uno, es la que el país necesita para avanzar con paso sólido hacia un futuro más fotogénico.
Uno de los obstáculos para lograr este objetivo es la insistencia reiterativa de la guerrilla por incluir a los medios como actores del conflicto, de meterlos en la misma foto. Cada vez que uno se acerca a las Farc para pedir un sinceramiento, un reconocimiento sin peros de responsabilidad, surge el comodín de “la manipulación mediática”. Funciona para decir que sus errores han sido magnificados y los de sus opositores minimizados. Sugiere que el rechazo generalizado de la sociedad a sus métodos y objetivos es fabricado. Sirve para volear la mesa y argumentar que son víctimas y no victimarios. Es el blindaje de esa arrogancia, que les hace a ellos mismos tanto daño, y que el periodismo intenta arañar.
Y es un blindaje sumamente efectivo. No hay periodistas sinceros que puedan decir, sin ponerse una máscara similar de arrogancia, que esa acusación carece totalmente de verdad.
No se trata de darle la razón a la guerrilla, sino de reconocer que hacen una pregunta que vale la pena que los medios se hagan a sí mismos. ¿Cuál es su responsabilidad en el conflicto? Y no hablo de la pregunta, hecha hasta la saciedad, de cuál debería ser su responsabilidad. El discurso de la objetividad, la neutralidad y la independencia se ha discutido bastante en foros y editoriales. La pregunta es cuál fue su responsabilidad histórica y si ésta amerita que hoy haya un reconocimiento de errores y una solicitud de perdón.
Habría que discutir sobre cuánto se cedió a la propaganda estatal y los grandes intereses económicos, cuál fue el daño de haber cubierto la guerra por muchos años sólo con fuentes oficiales, cómo se ahogaron voces diversas a través de despidos y estigmatización de periodistas con acceso a la guerrilla, cómo el acceso de algunos periodistas a la guerrilla se enturbió con el secuestro y cuál fue el papel de la prensa frente al paramilitarismo.
La idea no es meter a la prensa en la gran foto de responsabilidades. Alguien tiene que tomar la foto y eso les corresponde a los medios. Pero para tener la legitimidad de sostener la cámara es necesario antes volver el lente sobre sí mismos, a través de una comisión de la verdad, o algo así, y hacer el ejercicio juicioso de desentrañar las razones por las cuales en esta guerra los medios, como todos los demás, también defraudaron su responsabilidad.