En respuesta al video de 14 minutos de Gustavo Petro en un apartamento oscuro recibiendo fajos de billetes y hablando de porcentajes con un ingeniero contratista del Estado y exfuncionario de su Alcaldía, recibimos ayer un video publicado en Facebook de 40 minutos de Gustavo Petro frente a una biblioteca, leyendo de una pantalla una explicación con tono de novela didáctica. La segunda imagen, hay que decir, no fue tan impactante.
El video de 14 minutos apareció en medio del debate en el Congreso que propiciaron las más de dos horas de grabaciones de Jorge Enrique Pizano al fiscal Néstor Humberto Martínez, también publicadas en video por Noticias Uno y en audio por El Espectador. “(…) Ji, ji, ji, ji, sí, jueputa, esto es una coima, marica (…)”, se lee y se escucha en el video de Noticias Uno decir al fiscal general, entonces abogado de Luis Carlos Sarmiento Angulo, diciendo lo que luego niega: que sí sabía que Odebrecht, socio de Aval, era una empresa de “pícaros”.
En una entrevista al diario El País de España, que en su editorial le sugiere a Néstor Humberto renunciar para no seguir dañando a la Fiscalía, Martínez intenta explicar lo que es tan peligroso de los videos: “Que traten de involucrarlo a uno con unos audios que no dicen lo que dicen, donde el señor no dijo lo que dijo, es una cosa turbia con cálculo político”.
Porque más allá de si no dicen lo que dicen, o no muestran lo que muestran, el problema con los videos es que la gente ve lo que muestran y escucha lo que dicen. La realidad, como dijo Guy Debord en La sociedad del espectáculo, ya no importa, lo que importa es su representación: “Toda la vida de las sociedades en que reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación”.
La buena noticia es que Colombia entró finalmente a la fase en la que reinan las condiciones modernas de producción. La mala noticia es que nuestra realidad, la de la política, la de la vida, se disputa no alrededor de la realidad de lo vivido, sino en la representación de lo visto. Este alejamiento, esta “separación consumada”, como dice Debord, asegura la permanencia de las condiciones de producción, más allá de los cambios aparentes en el mundo de la representación.
Es decir que tras la repetición de los videos y los audios, tras la posible aparición de otros nuevos, Martínez puede dejar de ser fiscal, Petro puede dejar de ser candidato, Aval puede dejar de ser banco, pero la realidad de la vida —de la subyugación de la gente al sistema, dirían los marxistas— no va a cambiar fundamentalmente.
No me comprometo con la profecía marxista, pero me llega a la mente el caso de Perú. En septiembre de 2000 salió al aire el primero de varios videos donde Vladimiro Montesinos sobornaba al diputado Alberto Kouri. Los Vladivideos terminaron tumbando al régimen de Fujimori. En marzo de 2018, 18 años después, fueron difundidos los Kenjivideos, en donde el hijo de Fujimori, parlamentario gobiernista, ofrece acceso privilegiado a proyectos de infraestructura a otro parlamentario a cambio de apoyar la permanencia del presidente Kuczynski en el gobierno. PPK se cayó, pero, parafraseando a Pink, el espectáculo continúa.