La pasión política es consubstancial al quehacer político y necesaria cuando se coloca al servicio de causas que dignifican al ser humano y a la sociedad. Incide en el arte de gobernar y en la lucha por el poder.
Pierre Ansart en su libro Los clínicos de las pasiones políticas sostiene que “las emociones, los sentimientos y las pasiones no dejan de acompañar la vida política (…) la historia parece tejer la misma trama fundamental de amor y odio, concordia y furor, bajo rostros indefinidamente renovados (…) una elección, una simple reforma institucional, la revelación de un caso de corrupción, suscitan descontentos, satisfacciones, iras o alborozos(…)”.
En la actividad política existen pasiones de naturaleza diversa. Unas sociales, que vivifican y engrandecen, y otras antisociales, que destruyen y envilecen. Las primeras son luz y las segundas son sombras en la existencia de los pueblos.
Desde los orígenes de nuestra República, la disputa por el poder político y su ejercicio estuvo motivada por la desbordada pasión política que no siempre fue pasión social. En forma insensata se incineraron las banderas políticas en los campos de batalla. La Nación heroicamente continúa resistiendo la barbarie. La sociedad es blanco de la hostilidad y objeto de las pasiones políticas antisociales impuestas por los extremismos.
Desde que Juan Manuel Santos asumió la Presidencia, atemperó la polarización política que constituía una forma de hirsuto apasionamiento de varias inteligencias, que no hicieron otra cosa que renovar los afectos y los rencores políticos. Sin embargo, algunos sectores de opinión prosiguen la tarea de llamar con obsesión a la vindicta pública, sustituyendo a la justicia.
La cólera y la crispación individual y colectiva en el ejercicio político aún se mantienen. El estado de ánimo sigue perturbado. Pareciera que se trata de imponer una alteración patológica del pensamiento político, que desorienta por obnubilación al pueblo.
Es muy difícil construir convivencia ciudadana mientras cierta dirigencia no extirpe de su conducta la desmesurada pasión política y haga de ella el resultado de la ponderación y el equilibrio emocional. La existencia de la vida política no puede estar ligada irremediablemente a las bajas y sectarias pasiones. Es menester domesticarlas a fin de que impere más la razón.
*Ex senador de la República.