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Anónimos

05 de diciembre de 2014 - 11:00 p. m.

Nos levantamos y queremos ser famosos. O por lo menos, oír de los famosos.

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Pensamos poco en el anonimato y mucho menos en los millones de anónimos que habitan el planeta. La vida, la que construimos sin darnos ni cuenta, exige que seamos alguien, un cualquiera, pero sobre todo, un alguien que tenga poder y notoriedad. Fama es lo que se ansía para contraponer el abandono de los primeros años, las caricias no recibidas o las fantasías internas sobre héroes y semidiosas. Abrimos los ojos sin pensar e imaginamos el inicio soñado del día. Y, al final, queda la insatisfacción que para muchos es un corto circuito. O un coitus interruptus.

Como los famosos, los anónimos no son ni ricos ni pobres, ni grandes ni pequeños, ni buenos ni malos. Los anónimos somos todos cuando se nos embolata la atención desde lo que somos. Anónimos de nosotros mismos cuando estamos anclados en el pasado pensando en aquello que fue o que pudo haber sido. Anónimos cuando nos atamos a un futuro imaginando el nuevo éxito. Nunca atentos a lo que ahora sucede, a este instante, y siempre demasiado inmersos en las circunstancias. Somos anónimos porque del otro no nos acordamos o somos anónimos porque sin el otro no existimos. Somos anónimos porque nos identificamos en exceso con las veleidades de un mundo caprichoso.

Y es que los anónimos somos más. Anónimos que, en multitudes, no se percatan de sus propios nudos. Anónimos que nunca llegan al lugar anhelado, al jardín de los dioses o a la montaña mágica. Anónimos porque el éxito impuesto les huye o anónimos porque las células responden a los automatismos y a los hábitos de todos los días.

A veces hay anónimos por los que nos compadecemos o por los que diseñamos tributos. Hay anónimos que trabajan con otros aún más olvidados para atenderles su pobreza, su incapacidad, su enfermedad o su dolor. Desvalidos que mueren en una esquina olvidados por todos y por sí mismos.

Pero de todas las invisibilidades, hay quienes son totalmente anónimos para sí. Ni se conocen, ni se sienten, ni se intuyen, ni se observan. Hay quienes deambulan como inéditos por sus emociones y desconocen sus pensamientos. Hay quienes ni en vigilia logran despertar. Anónimos somos todos porque nos hemos borrado ya de lo que fuimos donde los más célebres serán siempre aquellos que logran caminar hacia adentro.

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