Encarnar tiene sus pereques. Sin saber qué cuerpo habrá de ser, aceptarlo tal y como es acaba siendo la tarea cotidiana hasta la muerte. Destino, biología, transmigraciones de las almas o simple azar, resulta inútil el vagabundeo mental sobre si ese cuerpo es merecido o no. Se es el cuerpo como se es todo lo demás.
El cuerpo es un compás y un espacio tan individual como cultural. Es finito y concreto. Marca una perspectiva. Cuerpo hecho de ojos, nariz, gordos, tripas e imperfecciones. Todo cuerpo tiene su desafío, su propio destino, su karma, su pasado, y contiene, a la vez, su propia liberación. En el yoga, el tantra, la oración, el tao, o el encuentro, el cuerpo se trasciende.
Vivir el cuerpo es diferente de estar atado a él. Toda secta, religión, filosofía, teología y hasta las técnicas del fitness proclaman su liberación para ajustar la incomprensión de estar encarnado. Nos contenemos en él pero sólo un matiz vital nos hace ser su esclavo. Pendientes día y noche de lo que ofrece, de cómo muta, de cómo se transforma o de si mengua, se enferma o se estira. Cuerpo hecho para el placer, la cercanía o la distancia y las espinas. Cuerpos que caminan y hacen de sus decires y miradas un destino entrelazado e infinito. Hay quienes hacen con su cuerpo su vida, su cultura, su paradigma, su única posibilidad. Hay quienes lo trascienden o lo vuelven transparente para poder eliminarlo como si fuera un objeto intrascendente. Hay cuerpos que no ven por donde van como hay cuerpos que danzan y cuerpos que se ofrecen. Hay quienes ven un cuerpo sin colores o la diversidad de las carnes, arrugas, manchas y torceduras. No hay belleza ni fealdad. Hay ataduras y prismas. Anhelar la perfección del cuerpo es la dictadura, la imposición, la máxima opresión. Imposible escapar a su realidad ilusa.
Y entre tantos cuerpos y almas, hay conciencias donde se esconde la divinidad, la inteligencia, la cultura, las nuevas ideas y hasta las brechas de las revoluciones. Y hay cuerpos como los de ellas que reflejan la esquizofrenia de una sociedad que mantiene los machos alfas bien puestos. Cuerpos de ellas que compran recuerdos o la seguridad en cremas y colgantes para hacer de las estrías su perdición eterna. Cuerpos de ellas que mal imitados se sumergen en los infiernitos diseñados por otros para la esclavitud de la admiración y el destello. Cielos mentirosos. Adornadas y ceñidas o bien cubiertas de negro, como masas, existen sin existir. Cuerpos que son la luz de vida, la fuerza de toda energía femenina y de toda energía masculina viajando por la creación, la creatividad, la huella de parir por milenios sabiendo sin saber. Ellas que van con sus cuerpos redondos y maltrechos, con cicatrices de las guerras; ellas que violadas, agredidas y adoloridas, se siguen escondiendo dentro de la arena; son ellas las que hacen la mitad de la diferencia en un mundo que vive el temor de lo enigmático. Ellas que sin ellos no sobreviven, ellas que sin ellas tampoco sobreviven, ellas que, como yo, buscan liberación de un mundo que las aprecia, las niega o las azota. Respeto para ellas. Sabiduría para ellos. Yoga de la raíz yug para todos los encarnados porque, en realidad, todos venimos siendo lo mismo: totalidad y dicha.
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