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Caer desde la torrelantes las estrellas.

29 de noviembre de 2007 - 02:51 p. m.

Caer es asustador, doloroso y frecuente. Totazos y tropezones son esenciales para adquirir la maestría en el arte de la bicicleta, el velero o los terrenos del amor y del poder. Para algunos, es el indicio de que se aproxima un aprendizaje, y para muchos, resulta imposible disfrutar de la agilidad para levantarse con las magulladuras en codos y rodillas. Toda cicatriz alude a un dolor.

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Por esto, resulta inútil cruzar los dedos o aterrarse cuando surge el arcano XVI, una torre en llamas de la que caen, por sus costados, dos seres tan pequeños como expectantes. Esta morada no es una casa cualquiera. Es una estructura oscura y gris, en el pico de una montaña, sin puertas visibles y con unas pequeñas ventanas que no dejan, en lo más mínimo, intuir lo que sucede en el interior. Cerrada desde adentro, esta construcción no permite los accesos fáciles ni las salidas de emergencia. Es una evidencia de sofoco, aislamiento y encierro, una casa de clausura para la oración o una prisión para la creatividad. La imagen es el anuncio de que los cimientos, las rejas y las certezas se derrumban.

La torre, en el tarot, es la urgencia de revisar lo construido, de hacer reformas a lo que nos limita y de cortar la pita de tantas ataduras. Algunos dirían que es la noche oscura, el camino tortuoso y una sin salida. Y la angustia, real y simbólica, de la torre no radica en el terror del trueno ni en la caída misma sino, más bien, en la desazón que produce la rigidez cuando nos aferramos sólo a lo conocido y cuando evitamos recorrer nuevos rumbos porque solemos construir castillos, emporios, torres y guaridas pintados de importancia personal. Hacemos de cada rutina y de cada idea, el único soporte y la verdad sublime, que nos asfixian. La torre personal es esa que nos impide ver con ojos amables el corazón de otro y nos cierra las opciones de sentir lo más vecino. La construimos con tanto tesón durante años que sus paredes nos limitan y entristecen, impidiéndonos salir a tiempo. Y es el trueno, terrorífico y liberador, el que nos obliga a saltar al vacío ante la presencia de cualquier fuego. Incrustada en el territorio del ego, la torre de cada cual es ése pedestal del cual nos cuesta bajar.

El arcano XVI apela al sentido de entrega, de renuncia y de humildad. Exige el acto sabio de aceptar lo que ya no es y ver lo que no se quiere ver. Es el momento en el que se requiere de la flexibilidad del bambú para volver a empezar, disfrutar de los imprevistos y reconocer que sólo no se puede. Casi siempre, después de la torre se ven más brillantes las estrellas.

otro.itinerario@gmail.com

 

 

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