El mejor de los peregrinajes es aquel que elimina lo que estorba. Sirve desde un acarreo hasta el más desprevenido recorrido por el Taj Majal.
Hay rutas que abren los momentos para el cántico sagrado y la contemplación como hay otras que son el simple invento del andareguear íntimo. Cada camino obliga a la ligereza en el equipaje y a la reflexión sobre el mapa que se ha de seguir.
Peregrinar es la manera concreta de anclarse en el ahora. Lejos de las ilusiones y las añoranzas, el recorrer terruños obliga a la atención delicada de la respiración, a frenar, a correr, a buscar orientación. Andar es sumarse al aplauso de lo imprevisible y a confabular sin secretos con lo sagrado. Es avanzar sin otro objetivo que existir. Y escoger una ruta es fácil porque para ser peregrinos sirven el intermunicipal y las rutas complejas de monasterios budistas en las montañas nepalesas. Ni mejor ni peor, es el transitar lo que resulta valioso. El cómo se anda, con quién y para qué y asumir que todo se marcha, que todo llega, que sólo existe el instante y que el estar atados al pasado es como el pantano o que estar pendientes del futuro es como la inmovilidad.
Expedicionarios y magos saben cómo preparar senderos y empacar lo que es útil. Llevar, por ejemplo, la alegría y la mente clara o las palabras que insinúen el propio aprendizaje y la sencillez que adorna la belleza. Sin verdades reveladas al andareguear nos abandona en solitario al nacimiento de un río, a la fuente de la eternidad, a una imagen sagrada o al cielo infinito desde el pico de una montaña. Por eso, anclarse tiene sus ventajas pero soltar amarras tiene las suyas.
Cada paso requiere de la liberación de las expectativas y del éxito. No hay mejor ni peor. Sólo existe el espacio para que aquellos viajeros sin tiempo y chamanes sin recuerdos, apuesten por la dignidad de una vida que desde la acción presente, expanda la conciencia y exorcice los apegos inútiles. Caminar la tierra, recorrerla despacio cuando respira y se mueve; sentirla cuando se agita en vendavales y ciclones o cuando hace frío, caminar la tierra es abrirse a la posibilidad de agradecer el viaje, éste, el único que nos compete y que al llamarse existencia sólo susurra que eso es lo que hay. Ni mejor ni peor.