No hay cicatriz pequeña como tampoco inútil. Rayones que quedan en la piel, el corazón o en el inconcebible más allá. Visibles y grotescas, las cicatrices permanecen en el presente para ayudarnos a no olvidar su historia y el dolor que por ahí pasó.
Cargados de marcas, imperfecciones y monstruosidades, vamos caminando como si los cortes de las caídas nos fueran dando la valentía y la confianza que anhelamos. Mucho se lleva por dentro, mucho se encona y, poco a poco, la vergüenza va contando sus cuentos. Las violencias ocultas que no se atreven a dejar el silencio corroen las células, las emociones y los amantes. Alguien pega; alguien calla. Se levantan los miedos. Es el atropello.
Hay heridas que nunca sanan y se van quedando abiertas para infectarse, vulnerables al veneno de los días. Hay otras heridas que son tan viejas, que sus cicatrices son el reclamo profundo a la vida por todo aquello que nunca permitió. Toda cicatriz es un muro de contención y, a la vez, una invitación a la culpa o la complicidad. Sean heridas de fuego, de metal o de palabras, absolutamente todas buscan el hueco en el que pueda crecer la nueva piel.
Sí. Somos una sociedad con millones de cicatrices y montones de grotescas heridas de guerras. Vivimos con los mutilados, los corazones que sangraron y las muecas de dolores profundos, como si tanto sufrimiento pudiera ser el único pago por la búsqueda de una voz y de toda libertad. Cualquier cicatriz lleva su propio nombre: es el hijo muerto, la familia destruida, la tierra que se queja, el abandono recurrente o, incluso, la simple pelea por un balón en la infancia. Toda cicatriz es el reflejo de una cruzada propia, digna y la apuesta por una identidad renovada, personal o colectiva. Nos interesan poco las cicatrices de otros o las miramos desde el morbo y la ponzoña.
Pero las heridas sagradas son las que dejan cicatrices de fuerza, de coraje, de paciencia. Son las que se empeñan en salir de su pesadumbre, las que dejan la huella de un aprendizaje silencioso. Sin duda, una cicatriz es una memoria que contiene agradecimiento pero, sobre todo, es acción de evolución que puede llegar a mutar en la perfección de la belleza y lo iniciático. Las cicatrices que más valen la pena son ésas que, al mirarlas de frente, nos recuerdan la sabiduría de no volver atrás y el valor de aún seguir vivos.
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