Eso de andar con el cuerpo que correspondió al nacer tiene sus vaivenes.
Además de pasar de flaco a gordo, se adapta con flexibilidad al calor o al frío y sobrevive a toda tempestad emocional. Cada cuerpo vibra de excitación con unos, y con otros desentona sin previo aviso. Ese cuerpo que tenemos percibe calladamente lo que lo rodea. Se devora el mundo con los ojos, con el tacto, la lengua y las orejas. Sabores, colores y sonidos que funcionan a todo vapor. Sentidos en alerta que, como brújulas de los deseos o dictadores de las maldiciones, van creando ilusiones y defendiendo su escenario hasta la muerte. Cuerpo que se convierte en tacones, sirenas o ringtones de la vida moderna. Y más allá del activismo ambiental extremo, una conciencia que crece empieza a reconocer que el cuerpo propio se confunde con el entorno, que se hace uno con el espacio, que lo contiene, y, por encima de todo, sabe muy bien que cuerpo y Tierra respiran juntos y mueren juntos. Pero en tiempos de inconsciencia nos fragmentamos. Esa relación entre cuerpo propio y cuerpo Tierra se esconde. Abusamos y violamos la Tierra para hacerla víctima de excesos, ambiciones y necesidades creadas. Grandísima idiotez negar los perjuicios de nuestras acciones y más grande aún perpetuarlos. El océano suena a plástico y el tigre anda con excesiva cautela. Escasean las plumas de colores, los vuelos del águila ya no despegan, el agua es barro y las libélulas dejaron de copular. Nos olvidamos de que somos la precisión infinita de una araña con su red, la paciencia cristalina de una piedra, la sinuosidad de toda anaconda y la invisible ligereza del colibrí. No reconocemos al río como juglar, a la montaña como guía o en el viento al mensajero. El fuego dejó de ser un protector. Nuestro cuerpo mezcla los sentidos, percibe para participar, percibir para existir, para ser, percibe para reconocerse en su infinitud. Somos un fractal de la amplitud que viene a descubrirse en afinidad, correlación y semejanza. Nuestro cuerpo extendido es la Tierra y sus sentidos expandidos en comunión evidencian la belleza, la magnificencia y una inefable experiencia de respeto y reverencia ante lo que se ve. Cambiar los ojos con que se mira lo que nos rodea es darse la oportunidad, no de vivir en la Tierra, sino de vivir la Tierra, sentirla, verla, olerla y amarla a todo pulmón. ¿Se podrá? otro.itinerario@gmail.com