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Cuidando las espaldas

09 de marzo de 2012 - 06:00 p. m.

Mantener la columna vertebral en buen estado es un arte simple. Hay que estirarla, moldearla, torcerla y darle suaves golpes para activar el buen funcionamiento del sistema nervioso.

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Las posturas de estiramiento y de torsión son ideales para dejar despejar atascos. Cuando se estiran los brazos hacia arriba y se intenta llegar al cielo, cada vértebra se abre como el infinito. Sin ninguna contraindicación, hay que sacar el pecho, alzar la frente y mantener recta la columna.

Pero cuando se trata de cuidar las espaldas, la cosa es más compleja. Cargas, pasados y demás asuntos de irrelevancia no se desalojan con un simple estiramiento. Estamos entrenados para ir hacia adelante. Cuando caminamos, vivimos y observamos el mundo, lo hacemos hacia el frente. Ni modo. Por diseño, oídos, garganta, ojos, nariz y boca están en el frente. Cuando soñamos, imaginamos un futuro allá, bien adelante. Todo nos pasa por el frente. Pero, ¿quién cuida nuestras espaldas? Algunos logran contratar guardaespaldas o activar las sirenas en pleno trancón mañanero. Una solución costosa y contaminante.

Deambular por la vida con la atención puesta arriba y abajo, al lado, al frente, implica no pasar por alto el cómo están nuestras espaldas. Es buscar ver con los ojos de los 360 grados que somos, es identificar los pesos inútiles que arrastramos o desordenar los recuerdos fatigados que ya no sirven.

Nadie puede ser tomado por sorpresa si ve su espalda. Mantener la atención en el espacio que ocupa el cuerpo cuando habla, cuando siente, cuando ama, le da altura y visión periférica a las ilusiones. Ocupar el cuerpo es ocupar su mejor espacio, su mejor casa, su mejor vida. Es ser amigo de sí mismo y expandir desde cualquier dirección la buena fortuna. Somos el norte, el sur, el este y el oeste. También el infinito.

Cuidar las espaldas es soltar las sospechas de agresiones invisibles y mantener los ejes horizontal y vertical tan abiertos como francos. Cuidar lo que está detrás obliga a ser conscientes de que vamos echando en el olvido la ligereza y el afecto porque andamos encadenados a los pesos de las ambiciones, los temores y las expectativas. La espalda, ese territorio olvidado y fetiche, es a quien le debemos nuestro mejor futuro.

otro.itinerario@gmail.com

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