El poder es caprichoso, incestuoso y descarado.
No importa si se trata del asistente de un club de danza o del conductor de un país de mediana latitud. El poder se las ingenia para tener su circo cercano: fetiches, adoratrices, bufones y una corte extensa de idiotas útiles y serviles que reproducen con miedo los deseos del emperador de turno quién, por demás, nunca se dará cuenta de su desnudez. El poder funciona así, por sí solo, como una máquina bien engranada. Todo tornillo que falte es remplazado con inmediatez y eficacia. Es el aliado ideal de la vanidad y la ambición. Las alabanzas le saben a miel. No requiere de mucha sabiduría pero sí de viveza, agilidad mental y uno que otro truco de estrategia. Ideas, conceptos, argumentos, emociones, muecas, leche y mogolla a media mañana, son las mínimas argucias de quienes dirigen el garaje trasero o están a cargo de la salud pública. Ventas de pases, oportunidades, información o ventajas que saben más a esclavitud que a progreso. Caprichitos propios con poderíos ajenos.
El poder también es verse por encima de alguien en raza, religión o dinero. Es imponer la juventud o la vejez y la habilidad o el rango. El poder es pisar más fuerte, empujar con vehemencia o exigir con gritería. La altanería de la verdad es su amistad más peligrosa. La gran desfachatez del poder es crear vanas glorias para la política, la casa, la pareja, la iglesia o la vida. Trampas para los médicos, los abogados, los servidores públicos o los maridos o trampas para la mojigatería de la bondad. El poder, como buen camaleón, se acomoda a quién se viste de él y sólo requiere de un ego bien perfumado, cierta ceguera y un alma que no conozca la compasión. Es en el propio pellejo de ser enfermera, policía, patriarca, profesora, sacerdote, chamán o actriz en el que la fealdad o la belleza del poder se manifiestan.
Y aunque parece loable armarse de argumentos contra el poder como mecanismo de defensa de los más desvalidos, no todo resulta monstruoso. Hay espacios de innovación, construcción y firme realización porque es en la finura del poder sutil donde se tejen los sueños hacia lo público y es en la asertividad de las acciones en la que nacen caminos hacia un bienestar posible. Es de celebrar el poder que irradia responsabilidad y debate, el que adopta como lema la sencillez o el que sirve con impacto hacia la dignidad de todos. Es ahí cuando el poder es enorme y grandioso porque sabe de su pequeñez, de su norte y de su invencibilidad. Por eso, estar o no estar en el poder carece de importancia. La verdadera importancia radica en la oportunidad de actuar reconociendo ideales que impulsen la dignidad de los demás y el valor propio, sin disfraces y desde cualquier lugar, porque es en la infinitud donde todos somos majestuosos.