El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Entrenamiento

11 de junio de 2010 - 10:16 p. m.

Entrenar cada músculo del cuerpo con algún deporte de alto rendimiento tiene sus requisitos.

PUBLICIDAD

Exige buena respiración, comprensión y práctica perfecta de la técnica, mantener el ritmo cardíaco y, sobre todo, nivelar cada movimiento a las variaciones de la voluntad. Se puede mirar atrás y aprender de las estrategias, de las acciones y de los errores. También se puede diluir la pereza y el cansancio muscular reforzando la hidratación o el tiempo de estiramiento. Nada particular.

Y entrenar un cuerpo por placer, vanidad o bienestar también tiene sus tensiones cotidianas que permiten evadir las obsesiones y abrir la puerta a los estados de atención presente. Correr, nadar, caminar, disminuye la brecha entre la mente ávida de ideas y todo cuerpo negado a caer en el olvido. La actividad física inunda de dinamismo cada célula y genera la inmediatez de un buen hervor emocional. Es también la certeza de que con la agitación y el sudor se amalgama la vida. Buen punto.

Pero comprender la lógica de la mecánica corporal es un mero entretenimiento comparado con el identificar las estafas de nuestra mente. Trampas que se asemejan a las cadenas de quienes tienen miedo, de quienes tienen dudas, de quienes tienen ideas fijas o han encontrado la verdad. Trampas que no aceptan excusas y hacen doler antes que ofrecer afecto o sabiduría. Darle otro giro, encontrarle la vuelta o permitirse siquiera la mínima posibilidad de hacer, de sentir y de pensar distinto, requiere de la alta tecnología interna; ésa que se confabula con pizcas de gimnasia espiritual. Es una preparación mezclada de inventarios cotidianos, de diarios personales, de respiraciones conscientes, de observaciones agudas. Requiere el despabile para saber cómo surgen, cómo se manifiestan y cómo se arraigan en las células cada una de nuestras ideas. A veces, sin darnos cuenta, vamos elaborando el mismo argumento por años y años, el mismo pensamiento cargado de interés propio, el mismo pensamiento lleno de envidia, pequeñez y guerra, el mismo pensamiento milenario que nos incapacita para modificar posturas o proponer un hacer diferente. Por eso, los toltecas del norte de México, entre muchos otros, insisten en hacer inventarios de pensamientos y emociones cada quince, veinte, treinta minutos y consignar en una hoja el resultado al minuto. Mañanas y semanas sin luna que, bien analizadas, arrojan luces sobre todo lo predecibles que somos.

A un buen entrenamiento para la vida convendría añadirle los buenos oficios de los alquimistas. Así, se rescata la ilusión de entrar en otra fase, una más digna, una en la que no nos repitamos hasta el infinito.

otro.itinerario@gmail.com

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias