El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Intimidad

08 de mayo de 2015 - 11:00 p. m.

Defender las cuatro paredes de una intimidad puede llevar al horror cuando es una custodia a ciegas. La intimidad precaria, confusa y obligada es abono para cualquier maltrato.

PUBLICIDAD

Presa de ideales y castillos principescos, el espacio de lo íntimo ofrece todo tipo de carne a los leones hambrientos de los autoritarismos y las maldades. Como un territorio donde se reproduce en silencio lo oscuro, lo no dicho, la podredumbre, la exclusión, los juicios, el sufrimiento y el martirio, la intimidad puede ser espeluznante si no hay derecho a la voz. Hacerle caso al rumor y al grito es la salvación cuando los más débiles son puestos en riesgo, muy violados, por relaciones donde el poder de lo íntimo obliga a callar.  Las membranas entre lo íntimo y lo público pueden ser imprecisas. Se guardan secretos que deberían ser públicos o se publica lo inútil para dinamizar la economía de la fábula. Espacios públicos y privados que son fetiche para quienes quieren parecerse a los héroes de la vanidad, pieza clave en un mundo que reproduce desigualdades. Todo en la vida moderna rediseña la intimidad y embadurna el acto cotidiano para llegar a las historias de hadas o a la puerta del mismísimo infierno. Con más preguntas que respuestas, lo íntimo es un lugar de nadie que pareciera de todos, poco se sabe cómo reconstruirlo y definir sus linderos para que sea, según el gusto, los ardores de la pureza, las locuras de los márgenes o el laberinto de la vida familiar. Delicado juego entre el yo y los otros, entre el derecho y el deber, entre lo que damos y recibimos, cada quien adhiere y persigue la realeza que más le apasiona y va reproduciendo bodas, partos, muertes y hasta los rumores heredados como si fueran su propia moda íntima. Es, muchas veces, ratonera de relaciones únicamente para sobrevivir.  Y, casi como una apuesta a contracorriente, ingenua y anárquica, el espacio de lo íntimo podría ser ese reducto de paraíso impoluto, un jardín idílico donde habite lo sacro y se manifieste el símbolo de un amor de sabiduría, intenso, sólido, como imperturbable. La intimidad que se anhela es aquella idea olvidada de la hoguera, del fogón donde se venera la belleza de lo mutuo para celebrar lo aprendido. Cuerpos que se unen, emociones que se expresan, ideas que nacen son el espacio de lo íntimo y que se construye a varias manos para honrar el diálogo como viabilidad de las diferencias. Lugar donde la conciencia no oculte lo nefasto y el poder jubile para que viva la entrega libre y cierta. Es la guarida donde podemos ser y existir como si hubiéramos nacido de un prisma del arcoíris.  Y es que la intimidad vive más de preguntas que de suposiciones y permite la fuerza de la vida como creación y evolución constante, como cambio, donde se vive en complicidad con otro y nunca bajo su imposición. Lugar de soledad o de compañía; lugar de las mañanas o de las noches; lugar de los sueños y de las cuentas por pagar. Sin trueques desiguales, ni mentiras ni exigencias, lo íntimo debería ser tan sagrado como el cielo abierto o el diario de viaje de cualquier vida, porque es el lugar donde la libertad, justa, ecuánime y responsable, no puede tener tapujos.

Conoce más
Ver todas las noticias